Opinión | Pensamientos
Sociedad del desasosiego
El precio de la cesta de la compra, la emergencia habitacional y las nóminas paupérrimas son problemas que los gobernantes no solucionan

La biología humana no puede adaptarse al estrés y la mala salud derivada de las ciudades / Agencias
Cuando los pasillos de los supermercados se llenan de cajas y cajas de deliciosos turrones, cuando los bazares chinos no dan abasto para exponer millones de horteras adornos navideños, viene Cáritas con la rebaja.
El último informe de FOESSA (Fundación de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada, institución privada creada por Cáritas en 1965), dibuja un panorama esclarecedor sobre la situación económica de Balears.
Si hubiese que buscar un titular sería: «cada vez más habitantes de las islas están cerca de la pobreza». Esta tendencia convive con unas excelentes cifras macroeconómicas en la región, con altas tasas de ocupación en turismo, construcción y servicios en general. En el territorio coexisten una miseria creciente y un lujo ostentoso de mansiones, yates, automóviles, clubes selectos, aviones privados, hoteles y restaurantes de muchas estrellas.
Simplificando mucho podríamos hablar de: pobres de solemnidad; trabajadores en precario; clases acomodadas por poseer buenas rentas (pensiones, salarios, alquileres, inversiones, negocios, etc); ricos; y millonarios. Lo mismo de siempre, salvo que ahora cada vez más baleares se asoman a la estrechez.
Acertar con el lenguaje es garantía de éxito a la hora de transmitir un mensaje. Los responsables de la fundación han dejado algunas impactantes frases.
«Vivimos en una sociedad del desasosiego»; «España (Balears incluida) experimenta un proceso inédito de fragmentación social»; «la clase media se erosiona y arrastra a muchas familias hacia estratos inferiores»; «el alquiler se ha convertido en una trampa de pobreza», son algunas de estas verdades.
Varios factores causan intranquilidad, ansiedad, a escala individual, familiar y nacional. Hay una realidad palmaria: los salarios son (por regla general) muy bajos para poder afrontar la carestía de la vida y el acceso la vivienda.
«Los huevos están por las nubes y la ternera y el café», comentan los clientes en los supermercados. El precio de la cesta de la compra, la emergencia habitacional y las nóminas paupérrimas son problemas que los gobernantes no solucionan. Sus cuitas son la condena a un fiscal general, el ático del novio de Ayuso, los caprichos de un prófugo de la Justicia y el tique del aparcamiento tras la comida del «Ventorro» (olvidándose de las causas profundas de la catástrofe).
España padece «una de las tasas de desigualdad más altas de Europa». Cuatro millones trescientas mil personas están en situación de exclusión severa (lo digo con letras porque 4,3 millones suena menos grave).
«El 45 por ciento de la población que vive en régimen de alquiler se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social»; «los motores de la exclusión son la vivienda inaccesible y el empleo precario»; «la vivienda expulsa a uno de cuatro hogares de una vida digna».
«Once millones y medio de personas están atrapadas en diversas formas de inseguridad laboral»; «más de una de cada tres personas excluidas de forma moderada o severa trabaja».
Casi doscientas cuarenta mil de las almas que moran en las islas se hallan en exclusión social, de las cuales noventa y seis mil arrastran una marginación severa. Son cifras apabullantes.
Los autores del informe destacan que dentro de la enorme bolsa de desigualdad hay muchísimos niños. No vamos bien.
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