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Opinión | ENTREBANCS

ANTONIO TARABINI

Optimistas, pesimistas y escépticos

En tiempos de fragmentación lo único transversal es el desconcierto y nuestra única certeza es la incertidumbre donde los miedos campan a sus anchas

Unos jóvenes reunidos en la calle en Barcelona.

Unos jóvenes reunidos en la calle en Barcelona. / EFE

En la sociedad que nos ha tocado vivir y convivir, que algunos definen como posmoderna, están pasando cosas imprevistas, incluso para quienes en principio disponen de los mejores instrumentos para conocerla y anticipar su posible evolución. Desde la perspectiva socioeconómica vivimos con resultados desconcertantes, con conflictos bélicos en las fronteras europeas (Ucrania), con un virus todavía extendido por gran parte del globo terráqueo, con un avance de fuerzas políticas reaccionarias, con la extensión del terrorismo lejos o cerca de los focos de los conflictos bélicos, con la presencia masiva de refugiados huyendo de la guerra y de la hambruna convertidos en invisibles ante la hipocresía europea.

Según el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, la fractura no es sólo entre países, pobres y ricos sino también, entre sectores de población dentro de cada país. Los pobres tienen menos acceso a las bajas por enfermedad y más razones para eludir hacerse pruebas o revelar sus resultados. La pérdida de empleo suele ser más grave para la gente peor pagada del sector servicios, cuyos trabajos son los que menos se pueden hacer desde casa. No olvidemos que coexistimos en entornos cerrados que les impiden ver lo corrosiva que es la persistente desigualdad. Las élites, los que están en posiciones de poder, no entienden lo que está ocurriendo, lo que no les exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar. No hay experiencias compartidas ni visión de conjunto; tan solo la comodidad privada de unos y el sufrimiento invisible de otros.

Hoy por hoy, nuestra única certeza es la incertidumbre, donde los miedos campan a sus anchas. El pabellón de los desconcertados está formado por gente de variada procedencia, tanto de derechas como de izquierdas, los conservadores clásicos y los progresistas. En tiempos de fragmentación lo único transversal es el desconcierto, aunque a la derecha le suele durar menos. Por lo general, los conservadores se llevan mejor con la incertidumbre y no tienen demasiadas pretensiones de formular y revisar ciertos parámetros de la sociedad mientras las cosas les funcionen. La izquierda suele sufrir más con la falta de claridad y tarda mucho tiempo en comprender por qué los trabajadores y parte de las denominadas clases populares militan en el populismo y tienden a votar a la derecha (incluida la extrema). De ahí el amplio debate acerca de qué debe hacer la izquierda (la vieja y la nueva) para recuperar alguna capacidad estratégica en medio de una situación difícil y compleja.

Y a nivel más próximo, si continuamos sobreexplotando los recursos del planeta y no damos importancia al cambio climático, nuestros nietos afrontarán situaciones conflictivas prácticamente inevitables. La globalización económica, así como la criminal y la terrorista, ya forman parte de la realidad. Las redes sociales pueden ser muy útiles y a la vez una trampa. Posibilitan en principio una más y mejor intercomunicación, pero al mismo tiempo la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Si las relaciones profesionales/laborales se pretenden consolidar desde la inestabilidad, el arraigo será un sueño y las expectativas una quimera.

Es posible que estas líneas extrañen a propios y ajenos, pero tenemos el derecho a opinar sobre la crisis profunda que vive el PP. La actual crisis de los populares no es coyuntural, es estructural. Se disputan el liderazgo de la derecha con Vox, defendiendo actitudes y políticas extremas, participando en gobiernos autonómicos y ayuntamientos… Más allá de cambios de personas y de rostros, ¿construirán una derecha democrática de talante europeo, con un discurso abierto y una actuación en positivo?; o ¿seguirán compitiendo con la extrema derecha?

Tal sociedad «líquida» (Bauman), repleta de inseguridades e incertezas, no permite optimismos vacuos, pero tampoco pesimismos radicales. Algunos nos instalamos en un escepticismo activo que nada tiene que ver con el placer de mirarse el propio ombligo. No negamos la realidad existente, pero no la damos por inevitable. La posibilidad de cambio de una realidad política, económica, social, cívica, cultural… como la nuestra, compleja y cambiante, sólo es posible desde una acción guiada por la lucidez y cierta capacidad de duda; y no desde un despotismo escéptico frecuentemente sin ilustrar.

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