Opinión
Mujercitas
Hubo un tiempo en que confesar que no te gustaban las navidades era ser un antisistema, un revolucionario. Que te gustase la Navidad sonaba algo infantil, como si quisieras quedarte a vivir en Mujercitas, el maravilloso libro de L.M. Alcott, tan criticado por cursi (ese adjetivo que ya nadie usa) o incluso en la película, la antigua, la de 1933. En ella me enamoré de Jo March, la niña que quería ser escritora, y de Katherine Hepburn, la actriz que la representaba. No sé cuántas veces he visto esa película, pero sí recuerdo la primera vez que lo hice, en una televisión en blanco y negro, sin mando a distancia, donde los pequeños no podíamos elegir lo que queríamos ante el reinado inmisericorde de los mayores. Seguramente era una de esas tardes de las navidades de entonces, que empezaban en el puente de la Inmaculada para acabar la mañana del día siete de enero con el zafarrancho de retirada de los pocos adornos de la casa. No había mucho que colocar: espumillones, algunas bolas, las manualidades de mi madre y la bandeja de turrones donde el de chocolate se agotaba enseguida y languidecían los piñones y la fruta escarchada. Por supuesto, no existía Papa Noel, solo los Reyes, y a cuentagotas, porque mis padres venían educados de serie con la austeridad de no gastar en lo superfluo, ellos, que habían conocido la posguerra gris de las alubias y las cáscaras de naranja.
Ahora hemos pasado al lado contrario, pero me siguen gustando las navidades, y cada año me importa menos reconocerlo. No me gusta que empiecen casi en septiembre ni las tradiciones importadas ni llenar de luces mi casa como si se fuera a producir una explosión nuclear. Tampoco la necesidad de empeñar la nómina para pagar regalos cada vez más difíciles de elegir porque tenemos de todo, como si eso fuera una maldición y no un estado que ha tardado tanto en conseguirse. Y no soporto las desigualdades, que en estos días son aún más sangrantes. Pero me encantan las reuniones familiares, las de los amigos, la cara de felicidad de mis hijos, poner el árbol en la Inmaculada, adornar la casa entre todos. Luego, de madrugada, suelo ponerme Mujercitas como un antídoto y un estímulo para la nostalgia. Y me duermo con la misma certeza de entonces, la de que quería ser Jo, la hermana escritora, y parecerme a Katherine Hepburn, una mujer que transmitía carácter, otra palabra ya no usada. Esa certeza, no sé por qué, tantos años después me reconforta. A lo mejor porque es la época de los balances, y si miro atrás, más que echar de menos a quienes ya no están, he aprendido a agradecer el tiempo que estuvieron. Es una sensación agridulce, que se consigue con la edad o el blanco y negro de una película pasada de moda que, como tantas cosas antiguas, aún sigue vigente para aquellos que sabemos el valor exacto de lo que no parece tener valor alguno.
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