Opinión | La foto contada
Churros y crepes: un panegírico sabroso

Una señora camina hacia una churrería en Palma / Xisco Alario
Qué fácil parece estar vivo. Agradecer es de buen cristiano. Uno no sabe cuánto tiempo le queda. Y lo que queda es disfrutar ese tiempo desconocido, fugaz, irreversible. Allá vamos. Hoy vamos. Ahora. Ya. Crepes y churros. Churros y crepes. Jamás hay que posponer ninguna alegría. Jamás.
Entonces hagamos como la señora en la noche de invierno palmesana con su gorro de lana tan alemán, tan polaco. Actitud arrolladora, decisión y firmeza para zambullirse en un mundo de azúcar, mantequilla, chocolate y harina; para dejarse seducir por el crepitar del aceite frito que crea al dios churro, largo, grueso y crocante; para responder al canto de sirena del crepe sublime que desborda de dulce de leche, frutas y otras deidades; para rendirse ante un gofre inolvidable, crujiente por fuera, esponjoso por dentro, también a veces presente en estas churrerías luminosas que mejoran la vida en la calle después de volver del curro, antes de ir al curro, y cuando la fiesta se acaba y no hay nada más en el horizonte que un buen churro o un buen crepe.
―Hola, Carme. ¿Qué ponemos?— pregunta Albert.
— Hola, Albert. Quiero un crepe de leche de almendras y harina de trigo blanca con dulce de leche vegano y plátano.
―Lo de siempre entonces— responde Albert sonriendo, mientras arroja a la freidora unos churros divinos .
―Frío, ¿no?— dice Carme, los ojos fijos en la Nutella.
―¿Ponemos un cafetito?
―Venga.
Entretanto se acercan viandantes, vecinos, turistas. Algunos miran y se quedan, otros siguen su camino. El éxtasis total también es intergeneracional. El jueguito no falla.
―¿Qué tal unos churros con chocolate?― pregunta un abuelo con ganas de comer churros con chocolate.
―¡Sí! ―responde el nieto abrigado hasta los dientes.
―Está fresquita la noche, ¿no? ― le pregunta Carme al niño, que asiente con la cabeza.
En eso llega una pareja joven de la mano. Van por un crepe para cada uno. Analizan las variantes, las mezclas, los sabores. Carme bebe su café de pie mientras moja un churro concentrada; el niño, ansioso, le pide uno. Ella le ofrece la bolsa . El niño coge dos. El abuelo sonríe, se frota las manos.
―Jamás hay que posponer ninguna alegría. Jamás― dice Carme con el brazo en alto y otro churro entre los dientes. Uno no sabe cuánto tiempo le queda. Y lo que queda es disfrutar ese tiempo desconocido, fugaz, irreversible― añade con tono filosófico, como quien dice algo definitivo, irrefutable, taxativo.
El niño, abrazado a su abuelo, la mira en silencio con la boca llena de azúcar, una pizca de chocolate en la punta de la nariz.
―Albert, campeón del mundo, yo quiero un panqueque con dulce de leche y azúcar—― dice Gonzalo.
―Los argentinos no cambian nunca. Se dice crepe.
―Daleee, Albert, si nosotros no pedimos dulce de leche se te vence el frasco.
―Se caduca el bote se dice―— responde Albert con una carcajada—. Carlita, tú también, ¿no?
―Obvio, amigo, ¿qué pensabas?
―No cambian nunca… no cambian nunca.
―Jamás hay que posponer ninguna alegría. Jamás―repite Carme, la boca pastosa, alejándose con su bolsa.
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