Opinión | Tribuna
El lomo de la violencia y la lealtad
Investigaciones revelan que el maltrato animal es un indicador de violencia de género y que aún faltan recursos públicos para proteger a ambas víctimas

El lomo de la violencia y la lealtad / Ingimage
La violencia machista no solo deja marcas en la piel. También deja cicatrices en los afectos, en las caricias robadas, en los cuerpos que aprenden a temblar incluso antes de que se alce la mano. Y ese temblor no siempre es humano. Hay hogares donde el miedo también alcanza a los perros, a los gatos, a cualquier ser cuya sola existencia recuerde que el amor puede ofrecer un refugio.
La violencia vicaria —la que convierte a los seres queridos en instrumentos de castigo— no es una figura retórica: es una gramática del poder. En ella, el daño se desplaza de un cuerpo a otro para enviar un mensaje nítido: tu mundo, tus vínculos, tus afectos, están bajo mi dominio. Puedo herir lo que amas y, por tanto, puedo herirte a ti.
Desde la infancia, ciertos aprendizajes silenciosos enseñan que lo frágil se domina, no se cuida. La violencia contra los animales forma parte de esa pedagogía patriarcal que convierte el control de los cuerpos vulnerables en un signo de autoridad, casi en una prueba de virilidad. Golpear, amenazar, someter: no son un arrebato ni un accidente, sino el ritual que valida una masculinidad que se reafirma a través del daño y la indiferencia.
Como señaló Carol Adams, quien tendió un puente decisivo entre teoría feminista y estudios animales: «La opresión de las mujeres está entrelazada con la de los animales, de modo que ambos quedan atrapados por el control ejercido sobre sus propios cuerpos y los de los demás». Cada golpe al perro, cada amenaza contra el gato enseña que el afecto puede convertirse en arma. Enseña quién tiene poder y quién no, y que la vulnerabilidad en el imaginario patriarcal es castigada.
En España, la doctora Núria Querol ha sido pionera en cartografiar esta red de vínculos entre violencia de género y maltrato animal. Su investigación revela que, cuando una mujer sufre violencia y convive con un animal, ese animal suele convertirse también en un blanco sobre el que se inscribe el mismo régimen de control. Y, aun así, durante años apenas existieron recursos públicos para proteger a eso seres vivos.
De esa ausencia nació VioPet, el programa impulsado por Querol para ofrecer refugio a animales que también padecen la violencia: criaturas que no entienden las palabras denuncia u orden de alejamiento, pero sí la diferencia radical entre un hogar y una trampa. VioPet acoge animales y, a su vez, los vínculos heridos, la parte del mundo afectivo que la violencia intenta destruir.
Pero la historia no termina ahí. Los perros pueden ser víctimas, pero también aliados. La Fundación Dog Angels ha transformado el vínculo mujer-perro en un gesto de empoderamiento: animales entrenados no solo para proteger, sino para acompañar la reconstrucción de un cuerpo habituado a vivir en alerta. En ese vínculo emocional y político se expresa una protección que va más allá de lo físico: una manera de recordar que el propio cuerpo merece ser habitado sin miedo.
Ese contraste revela una verdad: el mismo ser que tembló bajo la violencia patriarcal puede convertirse en protector, guía, sostén. Cada ladrido defensivo, cada caricia correspondida, cada paseo seguro ayuda a recomponer los límites que la violencia había intentado borrar.
Al final, la historia de la violencia vicaria y de los perros protectores es una misma historia: cuerpos y afectos atravesados por el miedo, y cuerpos y afectos que aprenden a desafiarlo. La opresión se multiplica, pero también lo hacen la ternura y la lealtad. En esa multiplicación quizá descubramos lo que la violencia jamás podrá enseñarnos: que incluso el cuerpo más pequeño y vulnerable puede ayudarnos a ser libres. Porque la libertad renace al confiar de nuevo, al reapropiarse del propio cuerpo y del espacio que nos rodea.
Pero esta historia también es un espejo incómodo: necesitamos perros porque el Estado no protege lo suficiente. Necesitamos soluciones privadas para problemas públicos. La sociedad sigue fallando, y entrenamos animales para hacer lo que debería garantizarse con justicia, recursos y prevención.
En lugar de atacar las estructuras que producen agresores en serie, buscamos refugios para las víctimas. Jueces que minimizan riesgos, denuncias archivadas, órdenes de alejamiento que solo existen sobre el papel, silencios cómplices, formaciones insuficientes sobre violencia de género y escasez de programas educativos para desactivar patrones de dominación masculina, discriminación múltiple por pobreza, origen étnico o condición social, protocolos que fallan, voces que niegan la violencia de género. Mientras tanto, un perro, que hace lo que buenamente puede, se convierte en la primera línea de defensa.
Estos perros no son solo apoyo emocional: son una respuesta al fracaso colectivo. Son el recordatorio de que un sistema que debería garantizar la vida segura de las mujeres no lo hace, de nuestra incapacidad colectiva para garantizar lo más básico: que una mujer pueda vivir sin miedo por el mero hecho de existir.
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