Opinión
Historia reciente

Juan Carlos I.
Nuestro rey –o sea, el Rey de España– es Felipe VI de Borbón y Grecia y nuestro viejo rey fue Juan Carlos I de Borbón. Esto parece una perogrullada, pero es como lo de los dos Papas en El Vaticano: Ratzinger y Francisco. Con una gran diferencia: Ratzinger se fue por cuestiones de virtud propia y Juan Carlos I podemos decir que lo hizo por cuestiones pecaminosas.
–No me fastidie.
–Pues sí y lo vestiremos de Historia, que es lo suyo.
El Rey Juan Carlos padeció dos síndromes que le condujeron donde está: el del Rey Rodrigo o el castigo del lujurioso –ya saben: la batalla de Guadalete y las sierpes en el interior del sarcófago donde se escondió: ‘ya muerden, ya muerden, por do más pecado había’– y otro al que podríamos llamar ‘síndrome del duque de Lerma’, o una pulsión por el dinero y las riquezas que acabaron desgraciándolo –hablo del duque– y no importa entrar en detalles.
Pero a diferencia de Lerma –hasta donde sé– el síndrome que padecía Juan Carlos I le venía dado por la austeridad vivida en su familia si la comparamos con otras familias reales de su época, lo que no es excusa ni justificación de actos posteriores, pero es. Cuando Alfonso XIII, todos los reyes de Europa eran primos y si era necesario –la pesadilla de la Revolución Rusa los acechaba por las noches– se echaban una mano en la desgracia. La precipitada partida de Alfonso XIII en el 31 algo tuvo que ver con eso y más bien sirvió de poco: él acabó muriendo en un hotel romano y España enfrentada por la Revolución y la Contrarrevolución: un desastre. Todas las coronas fueron cayendo a partir de entonces. O casi todas. Después de la Segunda Guerra Mundial quedaron muy pocas.
O sea que los síndromes de Don Rodrigo y del duque de Lerma son, en el fondo, los que compraron el billete para Abu-Dhabi al viejo rey. No matar a un elefante, que es algo que reyes y emperadores han hecho desde que el mundo es mundo. Pero antes de padecer ambos síntomas, el rey Juan Carlos I hizo grandes cosas en España y durante las últimas dos décadas –su Decline & Fall– ha parecido que no las hubiera hecho nunca. Se ha quedado con la última máscara. Lo que no deja de ser injusto y esta frase es un eufemismo.
No he leído Reconciliación, el libro de Laurence Debray sobre el viejo rey y no puedo opinar sobre él, pero a priori no parece un libro oportuno. Como no fue oportuno el libro del arzobispo Georg Gänswein, il bel vescovo, al retirarse Benedicto XVI, porque parecía –repito: parecía– más un acto de venganza del secretario contra el nuevo Papa, que una hagiografía del anterior. Sin olvidar que toda hagiografía siempre se escribe en demérito de alguien: es decir, de quien no aparece en ella. Y es de suponer que la intención de Juan Carlos I en Reconciliación es quitarse esa máscara última que desvirtúa y emborrona las cosas que hizo bien, antes de que sus aficiones desmedidas salieran a la luz para no esconderse ya nunca. Que no lo entierren con ella, en fin. Pero de nada le sirvió a Don Rodrigo, el último rey godo, el sarcófago de piedra donde se ocultó: las sierpes estaban ahí antes que él. La pregunta es: ¿ayuda a la Corona –que es de lo que se trata en una monarquía– este libro? ¿Vuelve a colocar a Juan Carlos I en el lugar del pasado que le corresponde? ¿O es una celebración ególatra antes de irse?
He dicho al principio que había una gran diferencia respecto a los dos Papas y los dos Reyes. No es cierto: hay otra; son dos las diferencias. Felipe VI es un buen rey y carece de las veleidades de su padre. Y Felipe VI mejora la corona, mientras que no estoy seguro de que Francisco mejorara la tiara. De lo que sí lo estoy es de que, así como lo segundo es una opinión personal, lo de Felipe VI es un hecho. Y que esté solo así lo subraya.
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