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Opinión

¿Inteligencia Asesina?

«En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario». Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell. Periodista y escritor inglés de la primera mitad del s.XX.

Desde hace unos años que la llamada Inteligencia Artificial (AI en sus iniciales anglosajonas) está ganando un gran protagonismo en nuestro día a día. Ya es muy difícil encontrar una rutina antes protagonizada por un ser humano que no pueda ser sustituida por un mecanismo automatizado. En sus inicios, el razonamiento de la IA fue sencillo, a la par que aplaudido: si las máquinas pueden suplir al homo sapiens en determinados trabajos pesados, bienvenida sea. Si además los procesos sustitutivos realizaban la labor más rápida y fiable que los de los operarios López, Williamson o Schmidt, miel sobre hojuelas. Mientras el campo de acción se ciñó al sector primario y terciario —siderurgia, minería, astilleros, fábricas de automóviles, motocicletas, aviones, tractores autónomos, dispensadoras de pienso domotizadas para explotaciones avícolas o porcinas— o soluciones para la conquista espacial y/o navegación aeronáutica, la novedad fue aceptada como algo positivo.

La cuestión ha devenido cuando se ha querido aplicar el invento a casi toda la operativa humana. Desde la pedagogía —existen centros online cuyos profesores son genios: tan sólo cambiando su chip pueden enseñar desde Física Cuántica a Historia del Arte, pasando por Economía de la Salud o Derecho Romano— hasta la Bolsa: tiempo ha de brokers sudando la gota gorda marcando las colocaciones a gritos en las principales salas de contratación mundiales. Como regla general, hoy en día reina en ellas un quirúrgico silencio. Tan sólo roto por el ruido del aire acondicionado o —volvamos a la domótica aplicada a todos los campos de nuestra existencia— las pulidoras metálicas. Las cuales, como sacadas de un episodio de La Guerra de las Galaxias, van recorriendo la habitualmente vasta superficie de suelo. Aplicado al mundo del turismo, la llegada de recepcionistas con aspecto de RD-D2 que ejecutan un check-in en muy poco tiempo (farragoso trámite del NIF incluido) es un hecho consumado.

El melón está abierto: si la implantación de tal avance tecnológico hubiera sido a cambio de un mayor asueto del género humano —igual sueldo y mejores perspectivas en cuanto a realización individual y/o comunitaria— nadie la hubiese visto como un problema. Al contrario: la IA sería vista como un culmen del progreso de la Humanidad. Gracias a ella, los hombres y mujeres estarían a un paso de una cierta felicidad plena. O, como mínimo, un estadio de bienestar mayor que antes de ser «artificialmente inteligentes». Trabajar menos, leer, hacer ejercicio, socializar, que trabajen las máquinas… y cobrar igual. O, de haber alguna renuncia en cuanto a salario, que valiera la pena el sacrificio económico por la ganancia en calidad de vida. Pero no: alguien no incluyó en el desarrollo de la patente la segunda parte. Como absolutamente nadie previó que, con la adopción masiva de silicio inteligente, el Estado del Bienestar se podría ir al garete mucho más rápidamente de lo esperado. Porque si el empresariado —y el Estado, cuidado: que nadie se crea que la adopción de IA es una patente de corso de la iniciativa privada— va adoptando masa laboral de origen robótico, finiquitando silentemente miles de plazas laborales... ¿quién cotiza a la Seguridad Social? Por ahora, la Comisión Europea estudia una directiva que regule la cotización y tributación del trabajo con origen claramente robótico. Es necesario: se prevé que en una década un tercio de los actuales cotizantes al sistema de Seguridad Social español se jubilen. Por una cuestión de crecimiento demográfico y también de número de nuevos titulados en los próximos años, va a ser muy difícil que todos sus puestos de trabajo sean cubiertos por humanos. Un buen debate. Sin duda. De rabiosa actualidad y con una necesaria respuesta.

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