Opinión
Sánchez, el fin de la ilusión por la política
Con el actual presidente del Gobierno desaparecerá la estirpe de los gobernantes españoles que generaron una afección por encima de la rutina burocrática del voto

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ex ministro José Luis Ábalos, conversan durante un mitin de campaña en noviembre de 2019, en el pabellón polideportivo de Mislata (Valencia). / Miguel Lorenzo / Delegaciones
Cuando llamaban guapo a Aznar era noticia, y cuando no llamaban guapo a González, también. Sería superficial hablar de frivolidad en la incorporación de un cuerpo a un líder político. Por tanto, nadie ha mencionado a Pedro Sánchez sin referirse a su apostura, aunque sea para denigrarla. El elemento físico es reseñable en una semana que acaba con la hipótesis de una moción de censura con mayoría absoluta de 178 votos, sumando a Vox, PP y Junts. De hecho, los tres partidos insolubles acaban de votar conjuntamente contra el PSOE en el Congreso, y las urgencias respectivas podrían acelerar la demolición del actual Gobierno.
La sensación de fin de ciclo amontona la tarea pendiente de examinar los prismas inexplorados de Sánchez, la necesidad de acabarlo de estrujar antes de expulsarlo. Su salida, que ya parece ineludible tras el encarcelamiento de Ábalos, significará el fin de la ilusión por la política. La aventura que comenzó en una entrevista con Jordi Évole y contra los poderes fácticos le granjeó las simpatías a un candidato extraparlamentario, que doblegó a la nomenklatura del PSOE con el voto de las bases. Sin apearse de la sonrisa, sin avisar tampoco de que debía velar por el futuro laboral de su hermano, de su esposa, de su secretario de organización y así sucesivamente.
La caída de Sánchez puede obligar a tomarse la política en serio. Con el actual presidente del Gobierno desaparecerá la estirpe de los gobernantes españoles que generaron una afección por encima de la rutina burocrática del voto, donde la fascinación renunciaba al recuento de virtudes. Suelen ser de izquierdas. No puede descartarse a un analista con el coraje suficiente para encontrarle virtudes a Rajoy, pero ninguno emplearía la palabra «entusiasmo».
En el siguiente capítulo del PP, ahora en un matrimonio a punta de pistola con Vox, surge el hermanamiento que todavía genera múltiples confusiones en directo entre Rajoy y Feijóo, más allá de la procedencia geográfica común y de compartir la jota. «Me hace ilusión la llegada de Feijóo a La Moncloa» es una expresión que sería desaprobada por la Real Academia. El líder de la oposición genera más preocupación que aceptación, su atragantamiento del pasado miércoles con la «Anatomía de un farsante» lo ha colocado al borde de la autopsia de sus propias huestes. Los populares solo pueden ganar desde la resignación.
Sánchez no es el único y ni siquiera el mayor culpable de la extinción de la ilusión por la política. La prueba llega esta semana desde las páginas de The Guardian, donde Lilith Verstrynge ha publicado el caudaloso ensayo «Dentro del ascenso y caída de Podemos». El mayor dilema moral de la izquierda populista del siglo XXI consiste en determinar si Pablo Iglesias tenía derecho a destruir la ilusión que había creado, con efectos esterilizadores que resonarán durante años.
Por definición y sin necesidad de adjuntarle una identidad concreta, un candidato de izquierdas está tan desacreditado hoy en España como un líder de centroizquierda en Estados Unidos. De ahí la estimulante sinceridad de Gavin Newsom, cuando el gobernador de California admite que su partido Demócrata «es una marca tóxica». Los progresistas ingenuos se regocijan ante la caída de los índices de aprobación de Donald Trump, cuando sus rivales cosechan el aprecio de solo el 26 por ciento de los votantes.
Dada la excelente promoción de figuras femeninas que fomenta el PSOE desde los tiempos del ilusionante y también iluso Zapatero, ¿alguien ve ganadoras en sus territorios respectivos a María Jesús Montero, Diana Morant, Pilar Alegría o Francina Armengol? Y se habla únicamente desde una perspectiva regional. Frente a la sequía, ¿se atrevería hoy alguna figura relevante de PSOE/Sumar/Podemos a reconocer que sus siglas respectivas son «marcas tóxicas»? Se trata de un paso previo inexcusable para regenerar una ilusión, ni que fuera artificial.
La convivencia de la derrota inevitable con la victoria incierta dibuja un paisaje brumoso. El país entero se comporta como si Sánchez hubiera hecho el equipaje, después de haberse excedido en su estancia, pero el señalado no muestra la menor intención de abandonar La Moncloa. Sus desgracias se han multiplicado desde que se tomara un paréntesis inusitado para reflexionar si España le merecía la pena, porque ni se plantea la viceversa. Sin embargo, los encarcelamientos encadenados literalmente por Santos Cerdán y Ábalos o la condena del fiscal general son abordados por el presidente del Gobierno como si ocurrieran en otro país.
La pasión por la política ha muerto, salvo en una persona. Sánchez de nuevo, capaz de presumir de que la cárcel de Ábalos añadirá unas décimas al crecimiento del PIB español, ya engordado hasta los límites de la opulencia por Begoña Gómez o Álvaro García Ortiz. Así de orondo se manifestaba el último presidente guapo del Gobierno de España, el pasado miércoles mientras Feijóo le reprochaba que era «el único de la banda en libertad». A continuación, el líder del PP convocó una manifestación para el domingo. Sin ganas, sin ilusión.
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