Opinión
El cuento del ‘otro’

La 'senyera' en el exterior del Parlament de Catalunya / ARCHIVO
Llevamos siglos contándonos el cuento del otro. El extraño que se apodera de tu casa, tus hijos y tu identidad. Es el zombi o el extraterrestre o el invasor o el inmigrante, tanto da. La ficción siempre impera. Los judíos amenazando la raza aria alemana, los inmigrantes enviados por Franco como colonizadores lingüísticos, el plan para sustituir la población europea por una horda africana y musulmana (el gran reemplazo) o, incluso, una Aliança Catalana (AC) al servicio del CNI (porque, claro, los catalanes no podemos ser racistas).
Antes de llegar a la alcaldía de Ripoll, Sílvia Orriols fue una de las impulsoras del colectivo Els Intransigents: «Invasiones demográficas han asolado nuestra Patria. La semilla del enemigo se ha esparcido encima de nuestra tierra como un veneno fulminante». Entonces, su discurso se centraba en el ataque a «Castilla». Después de los atentados de Barcelona y Cambrils de 2017, Orriols inyectó islamofobia a su discurso y surfeó por el desconcierto del fin del procés. El reciente barómetro del CEO apunta que podría alcanzar los veinte diputados en el Parlament.
El nacionalismo es un fuego que puede arropar o arrasar. Incontrolado, siempre es igual: sacraliza lo propio y contempla lo extraño como un ultraje, excluye y denigra, idealiza una pureza inexistente y desprecia la realidad bastarda. En el CEO, las «relaciones Catalunya-España» figuran como el segundo «problema de Catalunya» en los simpatizantes de Junts. El tema ni siquiera aparece en los afines a AC. No es el sentimiento patriótico lo que fascina de Orriols, sino la desvergüenza de su cuento del otro. Por ello provoca la admiración en las filas de Vox. Unos y otros hermanados en el temor al extraño, el narcisismo ensimismado y la invocación a la limpieza.
Contrarrestar a la ultraderecha no es fácil. El desprecio solo excita su épica. Se precisan argumentos y una retórica precisa y efectiva. Pero, también, una realidad que la contradiga. Es decir, unas políticas que no alimenten el cuento del otro.
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