Opinión | Las cuentas de la vida
La pequeña fisura

Rosalía en una imagen promocional de 'Lux' / EPC
Al poco de abdicar Benedicto XVI, el gran novelista alemán Martin Mosebach publicó un extenso ensayo en prensa sobre la figura del papa emérito, donde recogía los lamentos de los sectores más tradicionalistas de la Iglesia. ¿Por qué aquel papa tan amante del pasado no había recuperado definitivamente la vieja misa de Trento? Mosebach ofrecía una respuesta sutil: Benedicto no había impuesto lo que quizás deseaba –la antigua liturgia– porque sabía que el curso de la historia pertenece a los hombres más que a los reyes y que lo importante era ensanchar el espacio de la libertad. Haciendo suyas las palabras del filósofo socialdemócrata Richard Rorty, Mosebach venía a sostener que, «si defendemos la libertad, la libertad ya se encargará de proteger la verdad» y que esa fue la decisión que tomó Ratzinger: autorizar la celebración de la misa tridentina como una opción más. Así, al reconocer su legitimidad, rompía el monopolio de la modernidad, abriendo en ella una pequeña fisura.
Me acordé de la extraña argumentación elaborada por el escritor alemán, hace ahora más de diez años, mientras escuchaba Lux, el espléndido nuevo álbum de Rosalía y seguía el debate que ha suscitado el giro teológico de una parte de la cultura de masas contemporánea. Este viraje apuntado desde hace tiempo en la literatura (piensen en las novelas de Marilynne Robinson, la poesía de Christopher Wiman y la obra del nobel Jon Fosse), en la música pop anglosajona (de las canciones de Nick Cave a las letras de la banda americana Bon Iver), en cierta cinematografía (el último ejemplo podría ser Los domingos, la incisiva película de Alauda Ruiz de Azúa) y, por supuesto, en algunos de los mejores discos de la música española, como el ya mencionado Lux, de Rosalía, o Cru+es, del Niño de Elche (piensen también en un interesante libro suyo de este mismo año, Conversaciones con un monje de madera). Algunos de ellos son creyentes, otros no; pero todos ellos tienen en común la apertura al misterio, signifique lo que signifique esta palabra. Una apertura que, además, se realiza desde un ámbito en principio nada proclive a la experiencia religiosa. Bien al contrario.
El que camina busca y, si no se encuentra cegado por las ideologías, percibe en su peregrinar realidades distintas. El mundo contemporáneo, además, desconoce el silencio y se burla de aquello que no entiende. La deriva final del nihilismo ha sido la ausencia radical de sentido, una pérdida que se encuentra en el origen de casi todo. También del malestar de nuestra época.
No creo que este giro teológico de la cultura llegue a poner de moda de nuevo el catolicismo eclesial, pero sí pienso que este vuelco puede actuar como la fisura que pretendió abrir Ratzinger. Cantantes como Rosalía o Nick Cave nos permiten volver a hablar de la mística de las beguinas, de Simone Weil o de la kenosis paulina –y la kenosis es un concepto clave en algunas de las letras de Lux, escuchen por ejemplo la canción Reliquia–, sin que la sonrisa condescendiente de los medios de masa nos mande callar. En una época postsecular como la nuestra, ya no queda mucho por secularizar. Y los artistas, muy a menudo, son los primeros que captan aquello que está por venir.
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