Opinión
Pedir perdón a los indios

El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, durante una intervención en un foro en The Palace Hotel, a 3 de noviembre de 2025, en Madrid (España). / Marta Fernández - Europa Press
Nunca he sabido distinguir al ministro Albares del fiscal general García Ortiz, me pasa igual que con Rull y Turull, pero mientras lo de estos lo soluciono llamándoles indistintamente Tururull, para los antes mencionados, los dos con idéntica pinta de necesitar ayuda para atarse los cordones de los zapatos, no doy con la fórmula. O no daba, porque ahora sé que el inhabilitado es el fiscal general y el que pide perdón a los indios es el ministro de Perdones y Disculpas.
Cuando yo jugaba al fútbol, después de una entrada a la altura de la tibia o de un codazo en la boca al delantero, también pedía perdón. Uno queda como un señor y el delantero queda con el labio partido, todos contentos. Pero pedía perdón por un acto que cometí yo, no por un codazo que años atrás un defensa de mí mismo equipo le diera a otro delantero, como hace el ministro de Perdones y Disculpas (hablo metafóricamente, Albares jamás propinaría un codazo en la boca a nadie).
Pues claro que los españoles fueron a América a robar todo lo que podían y a matar a quien quisiera impedirlo, qué iban a hacer si no. Ya que no se había inventado la bolsa, saqueaban para enriquecerse, y como desconocían la existencia de Tinder, violaban. Hacían lo que cualquier hijo de vecino en el siglo XVI, no iban a seducir a una india invitándola a un buen restaurante, si tampoco se habían inventado. Nótese que he escrito que «fueron a América» y no «fuimos», y eso es porque yo no estaba. No solo no me siento concernido por lo que hicieron mis compatriotas hace cinco siglos sino que, aunque hubiera vivido en aquellos tiempos, continuaría siendo tan inocente como hoy. Un payés en la Girona del siglo XVI tuvo que ver tanto con la colonización de América como un periodista gerundense del siglo XXI. O menos todavía, probablemente ni supo de ella.
Es lógico que un ministro de Perdones y Disculpas actúe tan pusilánimemente como se espera de ese cargo. Si lo fuera de Exteriores, recordaría al mundo que lo que hicieron aquellos españoles nada tiene que ver con nosotros, y después -simulando que sabe leer- citaría a Hartley: el pasado es un país extranjero, allí las cosas se hacen de otra manera.
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