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Opinión

Sobre los cambios de opinión

Sobre la saludable costumbre de cambiar de opinión, desconfiar de certezas y aceptar el derecho a dudar

Una mujer hablando.

Una mujer hablando. / Shutterstock

Hace poco leí en el diario británico The Guardian, una crítica sobre el último ensayo que ha escrito Julian Barnes, titulado Changing my mind, (Cambios de opinión), traducido y publicado en castellano por Anagrama. Julian Barnes, novelista británico (1946, Leicester), que mereció el premio de Booker, es miembro de la Academia Americana de las Artes y la Letras. The Guardian, periódico antiguo y meritorio - fue fundado en 1821 en Escocia para salvaguardar la independencia editorial, los valores liberales y la libertad de los periodistas-, ha publicado un artículo literario sobre el ensayo de Barnes, que ha calificado como un «manifiesto para la apertura mental», (for open-minded-ness). Dice el periódico en este artículo sobre el ensayo, que está escrito con humor británico, (dry wit), ironía intelectual y socarronería sutil. Barnes señala que cambiar de opinión nos hace más maduros…, ¿o no?, que las opiniones varían según vamos cambiando nosotros, que trasmutar ideas de un extremo a otro es fácil, sin embargo, es difícil que nuestro yo no se lo tome mal. Concluye Barnes que los cambios de opinión son un ejercicio saludable para la inteligencia, para el sentido del humor y además nos hacen más humanos.

En algunos períodos de mi vida me irritaba cuando observaba los frecuentes cambios de opinión de mis amigos sobre un mismo tema, ahora me preocupa y me hace desconfiar y, mucho, que alguien no sea capaz de cambiar de sentir sobre algún asunto y se mantenga firme en sus convencimientos. Yo creo que no tengo claras algunas cosas de la vida, seguramente porque he profundizado demasiado ellas, y cuanto más he ahondado en algo he llegado a la conclusión de que sí…, pero no. Tener dudas es saludable y útil y, aunque la libertad de opinión de cualquiera puede ser interesante, también creo que no todas las opiniones merecen la misma consideración. Algunas pueden provenir de pensamientos penosos, por desconocimiento de lo que se habla o peor, por mantener una postura irreductible. En cuestiones de política Julian Barnes dice que él ha votado en el transcurso de los años a bastantes y diversas formaciones políticas, -seguramente pueden ser unas seis- y piensa que él no ha cambiado, que se mantiene en sus principios, en sus convicciones, lo que ha ocurrido es que los partidos a los que votaba van cambiado su ideario según conveniencias, o sea que son unos infieles. Dudar es seguramente bueno, mejor que creer en verdades absolutas. Es bueno ser flexible y pragmático, cambiar de idea además puede ser síntoma de inteligencia, no forzosamente. A Groucho Marx se le atribuye la frase: «Damas y caballeros, estos son mis principios y, si no les gustan, tengo otros».

La fragilidad de los «principios» es incuestionable, ahora se han celebrado los 50 años del advenimiento de la monarquía y la democracia, y aquellos «Principios inmutables del Movimiento» eran tan «inmutables» que duraron dos días. Ello fue posible gracias al rey Juan Carlos y a quienes participamos en la UCD de Adolfo Suárez, a quienes parece están hurtando «el relato». No entro más en este espacio porque sería entrar en política, política sobre la cual me propuse no escribir. Sobre los cambios de opinión, si esto no nos gusta, siempre queda la posibilidad de hacer como el emperador Marco Aurelio, (161-180) -uno de los cinco emperadores buenos-, filósofo estoico, seguidor de Séneca, que en sus Meditaciones, obra importante escrita en griego helenístico, aboga por la humildad intelectual cuando declara que cualquiera y sobre todo el, también «tienen el derecho a no opinar».

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