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Opinión | Tribuna

Safaris humanos

Civiles corren en la conocida como avenida de los francotiradores de Sarajevo, protegidos por un tanque de la ONU, en abril de 1995.

Civiles corren en la conocida como avenida de los francotiradores de Sarajevo, protegidos por un tanque de la ONU, en abril de 1995. / RIKARD LARMA / AP

Tan atávica que inevitablemente se hace presente, la maldad siempre es. Sus representaciones son ilimitadas, por ello siempre hay algo que nos sorprende y nos encuentra desprevenidos. Si ya creíamos haberlo visto casi todo, respecto a lo peor de la condición humana a través de las prácticas de tortura, los campos de concentración o los lanzamientos de detenidos desde un avión, estos son sólo unos ejemplos, nos asalta de nuevo otra forma abyecta de expresión de la crueldad humana. Ya fue denunciada en el año 2022 a través del documental Sarajevo Safari, del director Miran Zupanic. En el mismo, se expone algo tan extremadamente cruel y atroz que no se puede digerir: durante el asedio de Sarajevo, entre 1992 y 1996, extranjeros adinerados de diferentes nacionalidades, pagaron elevadas sumas de dinero para disparar contra los residentes de la ciudad junto a las fuerzas serbias y mercenarios. Niños, adultos y ancianos fueron brutalmente asesinados desde las colinas de Sarajevo, convirtiendo los disparos en un despiadado safari de personas.

Como ya saben, el periodista y escritor italiano Ezio Gavazzeni, que ha investigado este patológico y nauseabundo suceso durante años, ha presentado una denuncia ante la Fiscalía de Milán, la cual ha abierto una investigación para confirmar la veracidad de estos acontecimientos e identificar a los responsables, a quienes se les podría atribuir homicidio voluntario múltiple con agravante de crueldad.

La cuestión es que sigo sin poder asimilarlo, me estremece recordar las imágenes de civiles huyendo de los disparos de un impune francotirador, para convertirlos luego en cuerpos que yacían abandonados en la calle con un reguero de sangre. Y aquella violencia como entretenimiento macabro cometida contra personas, no relativiza otras, incluso las que se comenten con mayor naturalidad y amparo legal contra animales. Ahí están los primigenios safaris de leones o elefantes, o ciertas monterías, en las que abaten a cientos de animales. Violencia normalizada y bien argumentada.

Ahora que se airea este asunto de manera más notoria, me pregunto cómo una persona, hombre rico mayoritariamente europeo o de Estados Unidos, e incluso Rusia, puede cometer semejante acto para sentir placer. Y es justo en este preciso momento, cuando las palabras del filósofo esloveno Slavoj Žižek, en su libro Demasiado tarde para despertar (2023), explican el suceso a través de lo que él llama el «estado safari de la mente». Advierte de la subjetividad del cazador de esos safaris. «Sus víctimas no estaban personalizadas, permanecían en el anonimato; un muro simbólico separaba al cazador del objetivo. Sin embargo, no se trataba de un videojuego: estas víctimas eran seres humanos vivos, y la conciencia de este hecho por parte del cazador explica la perversa emoción de esta ‘caza’… no es la víctima la que pierde la noción de la realidad, sino el propio cazador… quien se excluía a sí mismo de la realidad ordinaria y se percibía como situado en algún lugar seguro por encima del mundo real… la propia realidad se convertía en parte de un espectáculo en el que el cazador podía fingir que no estaba implicado personalmente».

Si algo revela este horror es que la crueldad no necesita grandes ideologías para manifestarse: basta la comodidad del privilegio, la impunidad y la distancia simbólica respecto a la víctima. Ese es el verdadero peligro. Mientras existan espacios —mentales, sociales, legales— donde matar sea un entretenimiento o donde la víctima se vuelva invisible, seguiremos incubando nuevos safaris.

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