Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Entrebancs

Los mallorquines, riesgos y oportunidades

Soy un ciudadano de estas islas, entrado en años y canas, participante en múltiples tertulias, cuyo oficio ha sido y sigue siendo hurgar en las diversas realidades (políticas, económicas, sociales, cívicas, culturales…) que con sus éxitos y fracasos constituyen nuestra sociedad. En este espacio voy a intentar una aproximación a los rasgos que definen hoy nuestro convivir individual y colectivo. La tarea no resulta fácil sin caer en los clásicos tópicos. Algunos venían incluidos en Un invierno en Mallorca de George Sand, tales como «los mallorquines son muy suyos, reservados, camaleónicos», que se despiden de ti con un «ja ens vorem», y para los cuales un «parell» no tiene por qué significar un par. Tampoco sin referirnos a los Queridos mallorquines de Guy Forestier (Carlos Garcia-Delgado, arquitecto), ni mucho menos a Los mallorquines de Josep Melià o El mallorquinisme polític escrito por Gregori Mir bajo el seudónimo Anselm Llull.

Ni Karl Popper con su «sociedad abierta», ni Zygmunt Bauman con su «modernidad líquida», permitirían embotellar a los mallorquines en modelos previamente diseñados o embutirlos en casillas sociológicas válidas en épocas pasadas. Se produce un cambio radical en Mallorca, en nuestros modos de vivir y convivir, especialmente desde la década de los 70 donde el turismo tiene carta de ciudadanía. Dejamos de estar «aislados» en un tiempo y espacio concreto, para tener que «abrirnos» con mayor o menor éxito a un tiempo y espacio global. Cambiamos de modelo social rompiendo con la Mallorca de tintes feudales, con una nueva burguesía que comienza a surgir, y unas nuevas clases medias pujantes. El bienestar y el progreso parecen haberse instalado entre nosotros. Y tal pujanza posibilitaba participar de un modelo social abierto. Dominaba un optimismo casi antropológico al observar y comprobar que eran posibles «ascensos sociales» relevantes relacionados con las dos actividades «claves», el turismo y la construcción. Con la crisis política y socioeconómica tal modelo también entró en crisis.

Pero hoy, aunque oficialmente la crisis está finalizando, nuestro modelo de sociedad (también la mallorquina) sigue en crisis. La sociedad se polariza, la clase media (la vieja y la nueva) se resquebraja, instalándonos en una significativa inestabilidad personal, familiar, profesional… Nuestro modelo social pierde su carácter inclusivo y transversal e impone riesgos de exclusión. No es un tema baladí, que afecta hoy y aquí especialmente a las generaciones jóvenes. Se ven obligados a aceptar como inevitable el gig economy, léase «un mercado personal y laboral donde la movilidad y la inestabilidad, así como el trabajo de freelance, sea la norma». Y ven cómo se evaporan sus perspectivas y proyectos tanto de índole personal (emancipación, estabilidad profesional…) como de índole colectivo (reivindicar Mallorca con sus propias raíces como lugar de referencia y convivencia, sin dejar de ser cosmopolitas).

El boom del turismo «nos abrió» a otras realidades y a otras culturas. De la Mallorca que debía emigrar, a la Mallorca destino de acogida. El primer proceso se produce en la década de los 60-70 con el estallido del boom turístico con la llegada masiva de mano de obra de origen peninsular. En una segunda etapa (finales de siglo XX) se produce una acogida igualmente masiva de inmigrantes extranjeros en su mayoría no europeos (Sudamérica, Norte de África y la Subsahariana). El tercer proceso se produce de manera extensiva e intensiva con la presencia de millones de turistas, algunos de los cuales (no pocos) nos han elegido como primera o segunda residencia. Ante tales realidades el nivel de inclusión fue (y es) muy diverso. Después de años, con sus naturales diferencias, se obtienen unos niveles básicos de convivencia con las segundas generaciones de los inmigrantes de los 60-70. Aspecto que no se cumple en la segunda oleada de los finales de siglo procedente de otras realidades muy diferenciadas, lo máximo que se conviene es una simple coexistencia. De los turistas adoptamos costumbres y hábitos, pero tampoco alcanzamos niveles relevantes de convivencia.

Somos una sociedad heterogénea y plural, lo que no implica necesariamente que se nos pueda calificar como cosmopolitas. La convivencia de distintas culturas, diversos modos de vivir, no resulta de fácil gestión, especialmente si no queremos convertirnos en una simple y confusa Torre de Babel sin raíces propias. Es una realidad una cierta recuperación, aunque sea a ritmo lento, de nuestra propia identidad cultural que no debería convertirse en «frontera» sino en elemento de inclusión más allá del simple folklorismo. Tal intento de aproximación a los «ítems» propios de los mallorquines hoy y aquí, en pleno S. XXI, resulta una labor difícil. Nos toca vivir unos tiempos y unos espacios cambiantes, líquidos, repletos de riesgos, pero también de nuevas oportunidades desde la reafirmación de nuestra propia personalidad individual y colectiva pero abierta a otras realidades.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents