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Opinión | Tribuna

La desigualdad que ahora vive en la puerta de al lado

Durante buena parte de mi vida, la desigualdad económica fue algo que uno veía en los mapas o leía en los informes del Banco Mundial: países ricos, países pobres, y una enorme distancia entre ambos. Pero hoy esa frontera ya no pasa por los océanos, sino por las calles de nuestras ciudades. La desigualdad dejó de ser un fenómeno lejano para instalarse en la vida cotidiana, en los barrios, en la comparación silenciosa entre lo que unos tienen y otros no.

Hace poco leía un artículo del economista Todd A. Knoop, que planteaba justamente esta transformación: el mundo ya no está dividido principalmente entre países ricos y pobres, sino entre ciudadanos ricos y pobres dentro de los mismos países. Esa idea me quedó dando vueltas porque describe con precisión lo que todos vemos sin necesidad de estadísticas. En una misma ciudad conviven realidades que parecen pertenecer a siglos distintos.

No se puede negar que el planeta ha avanzado. Las últimas décadas trajeron un progreso formidable en países que antes estaban al margen del desarrollo. Millones de personas en Asia salieron de la pobreza, la educación se expandió y la esperanza de vida aumentó. Pero ese éxito global vino acompañado de una paradoja: mientras el mundo se igualaba entre naciones, las brechas internas se agrandaban.

Hoy ya no basta con nacer en un país próspero; importa, sobre todo, el lugar que se ocupa dentro de él. El barrio, la educación, el acceso a redes de oportunidad y hasta la conexión a internet pueden marcar la diferencia entre avanzar o quedarse atrás. En otras palabras, la desigualdad se ha vuelto más cercana, más visible y, por tanto, más dolorosa.

Lo más preocupante es el efecto que esto tiene en la convivencia. Las personas no solo miden su bienestar por lo que ganan, sino por lo que ganan los demás. Esa comparación permanente —potenciada por las redes sociales— genera frustración, resentimiento y desconfianza. Ya no se trata solo de «llegar a fin de mes», sino de sentir que el esfuerzo propio no vale lo mismo que el ajeno. Y cuando esa sensación se generaliza, el tejido social empieza a resquebrajarse.

La desigualdad, lo sabemos, no solo tiene consecuencias económicas. También erosiona la democracia, porque destruye la idea de que el progreso puede ser compartido. Cuando demasiadas personas sienten que el sistema juega en su contra, crecen la apatía, la polarización y la tentación del discurso fácil: aquel que promete soluciones inmediatas a problemas complejos.

No hay una receta mágica para revertir esta tendencia, pero sí hay caminos posibles. Invertir en educación pública de calidad, garantizar empleos dignos, promover una fiscalidad más justa y fomentar la competencia en lugar de los privilegios son medidas que, aunque suenen repetidas, siguen siendo indispensables. Lo difícil no es saber qué hacer, sino ponerse de acuerdo para hacerlo.

Me gusta pensar que todavía hay margen para reconstruir la idea de un progreso compartido. Que no todo está perdido si reconocemos que la desigualdad no es un fenómeno inevitable, sino el resultado de decisiones —o de su ausencia—. Como sugiere Knoop, el verdadero desafío no está en los números, sino en la voluntad colectiva de construir sociedades donde el éxito de unos no dependa del estancamiento de otros.

Porque al final, la desigualdad más peligrosa no es la que separa países, sino la que rompe la confianza entre vecinos. Y esa es una brecha que ningún crecimiento económico puede reparar por sí solo. n

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