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Opinión

Medio siglo después, el 20Ntensa la democracia

El rey Felipe VI y la reina Letizia durante el coloquio ’50 años después: la Corona en el tránsito a la democracia’

El rey Felipe VI y la reina Letizia durante el coloquio ’50 años después: la Corona en el tránsito a la democracia’ / MARISCAL / EFE

La efeméride del cincuenta aniversario de la muerte de Franco y la proclamación dos días después de Juan Carlos I como jefe del Estado deja un ambiente enrarecido y preocupante para la convivencia que tanto costó alcanzar. Cierto es que ese día no se enterró la dictadura ni nació la democracia, pero amaneció un nuevo tiempo cuyos renglones estaban por escribir. La ilusión y la tolerancia se impusieron al miedo y la intransigencia. Algunos sostienen que no hay nada que celebrar porque demasiadas cosas quedaron atadas y bien atadas; otros pregonan su admiración por la audacia y la generosidad de los artífices de una transición ejemplar; y muchos consideran que, visto el explosivo contexto del momento, se hizo lo que se pudo. Desazona que medio siglo después, con todo lo avanzado en modernidad y progreso y todo lo que queda por hacer para acabar de cerrar las heridas de aquella época oscura, asistamos al 20N más convulso desde la restauración de las libertades. A diferencia de aquel tiempo, los representantes políticos actuales han sido incapaces de pactar una mínima tregua en sus hostilidades para celebrar de forma conjunta un logro que, con sus luces y sus sombras, es patrimonio de toda la sociedad y debería estar por encima de la lucha partidista, espoleada en tan señalada fecha por la polémica condena del Supremo al fiscal general del Estado. Los equilibrios se concentraron en Felipe VI, que tuvo la difícil papeleta de reivindicar el papel de la monarquía en ese proceso transformador en ausencia del protagonista, su padre, a quien se vetó el acceso a los fastos oficiales por su comportamiento económico y personal poco ejemplar, contraproducente para la supervivencia de la propia institución.

Muchos jóvenes ignoran lo acontecido en la dictadura y lo que significó la transición. Los artífices y los herederos de aquel complejo tránsito tampoco se preocuparon de cultivar ese conocimiento en las nuevas generaciones. En sintonía con aquel clima de avanzar sin pasar cuentas que marcó el cambio de régimen, esa época histórica no se enseñó en las aulas. Hoy en día, los temarios son tan amplios que junio se echa encima sin dar tiempo a estudiarlo, lamentan muchos docentes asustados por el auge ultra entre parte de su alumnado. Jóvenes desencantados con el tiempo que les ha tocado vivir y seducidos por cantos de sirena en las redes sociales, entonan el Cara al Sol y vitorean a Franco como acto de rebeldía, sin saber en la mayoría de casos que ese régimen trajo consigo miles de asesinados, fosas comunes, ausencia de libertades; que la vida era un infierno para el que pensaba distinto, era homosexual o mujer que renegaba del sometimiento al hombre. Ese salto de página explica en parte el auge de la ultraderecha en España, que atrae especialmente a los más jóvenes, mientras que cosecha sus peores resultados entre los mayores, la franja de población que conoció de forma directa la dureza del franquismo. El revisionismo histórico que blanquea la dictadura y desprestigia la democracia se abre paso, alentado por la presión de Vox sobre el PP en un contexto internacional de avance de los autoritarismos en el mundo. La grandeza de la democracia radica en el amplio espectro de su tolerancia, dando cobijo incluso a quienes no creen en ella. Que sus postulados no prosperen exige firmeza en la construcción de una memoria histórica compartida, que medio siglo después sigue siendo la gran asignatura pendiente.

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