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Opinión

Sánchez utiliza la misma excusa que Mazón

El presidente del Gobierno se pretende ajeno a la riada de corrupción en su círculo íntimo, bajo la presunción de que no hubiera podido evitarla

Pedro Sánchez y Carlos Mazón.

Pedro Sánchez y Carlos Mazón. / EP

Carlos Mazón es la persona más odiada de España, con independencia de la suerte que le deparen los tribunales. La coartada de que no hizo nada porque no tenía nada que hacer mientras morían 229 personas, por lo que estaba en su derecho de entregarse a la molicie, ha soliviantado a la opinión pública más allá de su hábitat valenciano. Con este precedente de fracaso garantizado, sorprende que Pedro Sánchez también opte por declararse ajeno a la riada de corrupción bajo los nombres propios de afluentes como Ábalos, Cerdán, Koldo o Aldama.

Sánchez es el presidente del Gobierno más castigado de la historia de España. Cuesta imaginar que cualquiera de sus predecesores aguantara incólume el castigo recibido por el actual líder socialista. De hecho, Adolfo Suárez abandonó ante la presión agobiante, Leopoldo Calvo Sotelo se despidió aliviado en menos de dos años, Felipe González renunció a una investidura que podría haber disputado en 1996, y Rodríguez Zapatero se abstuvo incluso de presentarse cuando su país fue expulsado de la Champions de la economía.

Los predecesores desfallecieron, un verbo ausente en el morral de Sánchez. Sin embargo, su pretensión de que la corrupción de sus íntimos transcurría en un compartimento estanco es más difícil de aceptar que su presunta ignorancia de las contrataciones a manos llenas que disfrutaban su esposa y su hermano. Las responsabilidades que exige a Mazón, a quien precisamente utilizó como escudo el pasado miércoles ante Feijóo en el Congreso, le asedian vigentes y puntiagudas. No podía permitirse no saber, no le cabe refugiarse en la presunción de ignorancia.

De hecho, Sánchez intentó atajar el problema de sus corruptos de guardia sin comprometerse, cuando en julio de 2021 expulsa por partida doble a Ábalos del ministerio y de la cúpula de Ferraz. En los corrillos de la Corte se expandió la versión de que «lo han echado por las juergas que se corría con su chófer». La soberbia impulsó al presidente del Gobierno a rehabilitar al dirigente valenciano, con lo cual se transformaba en cómplice del político que ha acabado por hundir al socialismo entero.

La componente morbosa que acompaña a la corrupción obliga a plantear por qué se desterró a los personajes grotescos y se elevó al taciturno Cerdán, hoy acechado por acusaciones de la misma gravedad. Al margen del dudoso criterio utilizado en la selección de personal, la inhibición personal de Sánchez con sus favoritos ha acabado por emponzoñar al partido entero. De nuevo, restalla inevitable la comparación con la toxicidad contagiosa de Mazón.

La verdad no puede precipitarse, pero tiene sus urgencias. Una verdad lenta es una mentira. El partido de Santos Cerdán es corrupto, el espectador deberá determinar cómo se llama dicha formación y por qué siguen en sus puestos la presidenta de Navarra y el presidente de España. El cobarde «reseteo» que demandaba la felizmente desaparecida Yolanda Díaz no puede limitarse a una asunción de responsabilidades a posteriori, cuando el mal es incurable. No se debaten aquí las infidencias veniales de un fiscal general del Estado con periodistas, se trata de corrupción cutre de pago con cuñados incluidos, al amparo de la principal magistratura electa del Estado.

El partido de Cerdán es preventivamente corrupto, y debe liberar del compromiso incumplido a los ciudadanos que lo votaron, mediante la redacción de un nuevo contrato electoral. Se desvanece la imagen publicitaria de un Gobierno pendiente de fallos judiciales, en los diversos sentidos de la palabra. Mientras no se demuestre lo contrario, y ya se adoptarán en tal hipótesis las correcciones apropiadas, colocarse al lado de Sánchez fue el pasaporte para robar presunta y cómodamente. Sin olvidar la cobertura de empresas demasiado grandes para dejarlas caer, y mucho más para criticarlas.

El partido de Cerdán se preguntaba con ingenuidad impostada dónde estaba el dinero, apostó su futuro a un error de apreciación en los manejos a la sombra de Sánchez. El tráfico monetario ahora desmenuzado no solo ha triturado la estrategia suicida, sino que ha invertido la carga de la prueba. La formación política necesitó que otros descubrieran la corrupción en su seno, difícilmente puede tutelar los intereses y la integridad estatales con tan magro currículum. La «tolerancia cero» a posteriori no resuelve la evidencia de que por fuerza debían saber que algo olía a podrido en Ferraz. Si el presidente del Gobierno no sabe gobernarse a sí mismo, qué vanidad insoportable esgrime para mantenerse al frente de un país entero.

Se tiende a creer que las cosas marchan viento en popa por méritos propios, y solo se estropean por carencias ajenas. Todos los presidentes del Gobierno atravesaron este episodio de borrachera euforizante. Sánchez considera que su astucia le permitirá sobrevivir al estrangulamiento a manos de Ábalos y Santos Cerdán. Sin embargo, la verificación a título presunto de que su entorno cotizaba al dos por ciento en comisiones solo ha servido para constatar que la ceguera de Mazón es el método más expandido de afrontar las grandes crisis. Hasta la derrota final.

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