Opinión | Escrito sin red
Sobre emociones

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su salida del Congreso este jueves. / José Luis Roca / EPC
A veces la actualidad nos sorprende planteándonos incómodas emociones. Aunque no entiendo muy bien por qué algunos dicen estar hartos de «tanta Rosalía, hasta en la sopa», como, teniendo en cuenta que la duración del período creativo siempre es incierta, si esta hartura proviniera, que no es el caso, de haber sido sometidos por la CIA a tortura sónica de la artista. Al revés, esperamos algunos que presumo numerosos cada nueva creación de esta artista. También es verdad que en este país tan caníbal hay, por una parte, gente miserable que sufre con el mérito y el reconocimiento del otro; y por otra, gente tan sectaria como para no reconocer el arte del que no comparte su visión del mundo; y otra, los exquisitos expertos en poesía metafísica que no pueden evitar sentir desdén por productos culturales de gran éxito comercial y poca metafísica. Muchos pensamos que el arte puede hacerse presente en una película comercial, como Bailando bajo la lluvia, de Stanley Donen, como en Ordet, de Dreyer, obra de minorías. Las categorías en el arte no obedecen a una estructura jerarquizada, ni siquiera mantienen su relevancia en el tiempo. Es preciso reconocerlo, hay gente así, y hace mucho ruido. Precisamente a propósito de Rosalía uno ha sentido una cierta desazón. Por lo visto, el presidente Sánchez acudió a Radio 3 (está en plena campaña electoral) y manifestó su deslumbramiento (no sé si era ésta la iluminación) por Rosalía. Está claro que el señor presidente quiere seguir siendo presidente como sea; y hay que reconocerle que trabaja como ningún otro en pro de sus objetivos. Otra cosa es que uno crea que trabaja simplemente para el mal; una simple conjetura, cierto, pero nunca nadie nos privará de conjeturar en base a lo que creemos que son las cosas. En realidad, es lo que hacemos todos.
Hay cantantes que han sabido con su arte expresar las más íntimas emociones humanas y hacerlas sentir al público; al menos a una parte del público. Uno ha tenido la suerte de poder seguir la trayectoria artística de Rosalía casi desde sus comienzos y sin duda su último disco es una obra de arte. La emoción ante una obra de arte, especialmente en el arte de la música, tiene que ver con la manera en que nos estremece por dentro, en como retumba en nuestro corazón, como si nos dijera que tiene que ver con cada uno de nosotros. En ese estado de emoción, o de conmoción, reconocemos un ámbito casi sagrado, que respira verdad, autenticidad, divinidad; o lo contrario, lo diabólico. Cuando se accede a este estado extático el bien y el mal se disputan el botín para imponer sus leyes (¿es que no podemos imaginar a Hitler en estado de excitación escuchando a Wagner?). Algo de todo esto narra Thomas Mann en su Doktor Faustus. Puede que yerre en mi juicio, pero tiendo a creer que, en general, son los buenos e inteligentes, los que tienen una idea desprejuiciada sobre el arte, donde lo que esperan encontrar es la belleza y la emoción. Debo confesar que, desde la interpretación de Kathleen Ferrier en La canción de la Tierra, de Mahler, no había experimentado una emoción tan parecida en su intensidad como en la canción Mio Cristo, la canción nº5 de su disco Lux. No soy creyente, pero reconozco, cuando la oigo, que me siento atravesado por la belleza y la emoción. Da igual ser o no ser creyente para sentirse traspasado por la delicadeza de una voz que hace resonar nuestro interior como ámbito de la trascendencia y la espiritualidad. Será que uno no es un exquisito, es más mestizo, más común.
El problema se plantea cuando Sánchez también se inclina ante el poder del arte. O sólo simula inclinarse. Como tampoco puede descartarse absolutamente que sea verdad que le encanta Rosalía. No puede descartarse en absoluto el intento de apropiación de toda cuanta mercancía pueda generarle votos para conservar y reeditar el poder del Gobierno. Esta es la cuestión. Puede que sólo esté actuando como le están recetando treinta de sus mil asesores. Hay que ganar el relato y hacerse con el voto de los jóvenes. El presidente no sólo es guapo, es solidario, empático con las mujeres, progresista, se rinde incondicionalmente al talento de Rosalía, y es el líder indiscutible que nos puede y nos va a defender de la ultraderecha, de la prohibición del aborto y de la anulación de leyes trascendentales como las de igualdad de género y de memoria. De hecho, no hace otra cosa que volcarse en mantenerse en el poder al margen de cualquier confianza parlamentaria. Está apareciendo en Tik Tok y en cuantas redes sociales puede para disputar el voto de los jóvenes a Vox, aunque es el PP quien les supera a ambos en intención de voto en este segmento de población. Un hombre al que un locutor de radio le espetó sin contemplaciones un «¿presidente, por qué nos ha mentido tanto?» y que, además, ha seguido haciendo presente el pasado, ¿es creíble? Es una nueva versión del cuento de Pedro y el lobo. Nadie cree a Pedro y Pedro dice estar transido de emoción al escuchar a Rosalía. ¿Cómo puede ser que semejante bergante falsario experimente emociones delicadas como las nuestras? ¿Cómo puede ser que este ser de maneras chulescas pueda albergar en su corazón parecidas sutilezas emocionales a las nuestras? ¿Es acaso una demostración de su cada día más refinado arte de la impostura? Resolver la cuestión de forma taxativa es difícil, tendríamos que estar en su cabeza para poder dilucidarlo. Pero la mera posibilidad, misérrima si se quiere, de sinceridad, aunque vaya acompañada de la propaganda nos interpela a los demás. Pretendemos ser justos en nuestras apreciaciones. La contradice si acudimos a la paremiología: dime con quien andas y te diré quién eres. Un hombre que ha asaltado el poder en el PSOE y en el Gobierno acompañado con presuntos corruptos de su estricta confianza, desde el Peugeot de las primarias hasta el ingreso en prisión de Cerdán en Soto del Real. Un hombre que ha compartido poder con unos individuos que pagaban con dinero público a prostitutas y colocaban a sus amantes en empresas del Estado, sea Ábalos, el ministro de Transportes o sea Koldo, el portero de puticlub que llamaba Cariño a nuestra Armengol, el enviado en misiones diplomáticas con Delcy Rodríguez, ¿este hombre puede tener el fuste moral y la sensibilidad suficiente para apreciar por sí mismo el caudal de arte contenido en Lux? Se me hace imposible aceptarlo.
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