Opinión
Franco en la Corona
En sus memorias, el rey emérito se otorga sin vergüenza ninguna la llegada de la democracia, como si hubiera sido él quien la cedió, dotado de un paternalismo bondadoso

Ilustración: Franco en la Corona / Leonard Beard
Juan Carlos ha logrado un hecho insólito: la coincidencia unánime de monárquicos y republicanos en que sus memorias son un enorme disparate. Entre los segundos por cuestiones obvias, sobre todo por la impudicia con la que habla de política y loa la figura del dictador. Y entre los primeros, por la imagen vengativa que proyecta, los dardos que envía a la familia coronada y el hecho evidente de que remueve la porquería de sus escándalos y los devuelve al debate público. Difícil imaginar un libro más inoportuno para los intereses monárquicos, que justamente necesitan alejarse de las miserias de Juan Carlos, después de los últimos tiempos de festival mediático.
Con este libro Juan Carlos ha conseguido dar la imagen de un viejo resentido, sin ningún sentido del decoro y plenamente instalado en el globo de su egolatría. No tiene bastante con haber acumulado una fortuna indecente, haber protagonizado escándalos espurios y amorosos y haber huido con la cola entre las piernas, para protegerse bajo el ala de un dictador teocrático. Lejos de la lógica de mantener las aguas calmas para el bien de su hijo y sucesor, ha dejado sus bombas fétidas para embadurnar el ambiente, como un viejo irascible, incapaz de aceptar que ya no tiene el poder de la empresa. Más patético que entrañable, más irascible que reconciliador.
Respecto a las bombas fétidas, hay de varios colores, y algunas pertenecen al rosa de las Letizias, las Corinnas y las Sofías. En definitiva, un marido infiel, un coleccionista de amantes y un suegro malcarado que no soporta a su nuera. En este punto, la única pregunta relevante es cuánto ha costado al erario su descontrol horizontal. Por lo demás, cuestiones de bajo vientre de familia coronada.
Las otras cuestiones del libro, en cambio, pertenecen de pleno al ámbito de la política y resultan especialmente impúdicas. De entrada, se otorga sin vergüenza ninguna la llegada de la democracia, como si hubiera sido él quien la cedió, dotado de un paternalismo bondadoso. Obvia que el régimen estaba definitivamente podrido, que miles de personas luchaban contra la represión y que cualquier vía para mantener la dictadura bajo su mandato lo habría hundido definitivamente. Es Juan Carlos quien se aprovecha y se blanquea con la democracia, después de ser impuesto por un dictador y no al revés, y al invertir los factores desprecia la lucha ingente por las libertades.
Pero si la cuestión de la democracia es muy fea, como lo son muchos de los comentarios que hace a algunos políticos -hasta el punto de culpar al Gobierno de la difusión de sus escándalos económicos-, es abominable lo que dice sobre Franco, y en este punto no hay disculpa posible. Es cierto que siempre se ha conocido su amor por el dictador, muy explicitado en la famosa frase que profirió en las Cortes españolas el 22 de noviembre del 75: «España no podrá nunca olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio». El problema es que el tal soldado y estadista fue un asesino de masas que estuvo masacrando a sus opositores hasta el último minuto de su vida -no olvidemos que dos meses antes de morir todavía firmó sentencias de muerte-, y que, según los historiadores más confiables y mesurados, llegó a asesinar 200.000 personas durante décadas de purgas que tenían la voluntad de un auténtico exterminio. Que quien fue jefe de Estado gracias al dictador, enriquecido durante décadas con la impunidad que le otorgó el reinado, blindado por la prensa y los intereses, y finalmente huido por la puerta trasera, asediado por los tribunales y los escándalos, venga ahora a exhibir elogios a un tirano asesino, es una indecencia que supera las vergüenzas que ya había mostrado. Podía ahorrárselo, podía disfrutar de su exilio de jubilado enriquecido e impune y continuar persiguiendo señoras que le rían las gracias, podía sencillamente callar. Pero ha optado por abrir una bocaza enorme y, impulsado por su rabia de viejo resentido, convertirse en el único jefe de Estado de una democracia que defiende la imagen de un asesino de masas. ¡Qué macabro epitafio para un hombre que quería sacar brillo a su legado!
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