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Opinión

Europa: ¿hacia la gran sustitución?

Viviendas en Baleares

Viviendas en Baleares / Guillem Bosch

«El matrimonio es como una jaula; uno ve a los pájaros desesperados por entrar, y los que están dentro igualmente desesperados por salir». Michel De Montaigne. Jurista y filósofo francés del S. XVI.

La pasada semana, el «Observatori de l’Habitatge de les Illes Balears» hizo público su informe anual. Muchas cifras interesantes y una radiografía bastante completa de lo que acontece hoy en día respecto al llamado problema habitacional. Y un titular: «los extranjeros copan el 60% de las compras de inmuebles en la Serra de Tramuntana». Hablamos de centenares (es aventurado decir «miles») de transacciones anuales. Implicando —aquí sí— a miles de personas. La mayoría —atención al hecho preocupante— entre vendedores locales y compradores foráneos. Cierto es que hay alguna que otra venta entre extranjeros. Así como operaciones cuyo objeto son viviendas de nueva construcción: la cedente suele ser un promotor —local o europeo, los segundos están ganando cada vez más importancia —que ha financiado la obra. Cuando se da dicha casuística, no es raro que también el constructor (así como buena parte de sus trabajadores) sea no español. A su vez, se da una última variante: españoles adquirentes a locales e, incluso, a los descendientes de los primeros extranjeros establecidos en Mallorca. Normalmente son los ciudadanos centroeuropeos, ingleses - cada vez menos - , escandinavos, norteamericanos y, últimamente, polacos los que se van estableciendo en la isla. Las nuevas tecnologías, el buen tiempo y una interpretación muy diferente de la que tuvieron sus antepasados a la pertenencia a una etnia, tribu o nación han hecho decidir a centenares de miles de europeos a migrar. No tan sólo hacia Baleares: Canarias, Cataluña, Madrid, Valencia y Málaga son también destinos preferentes. Y - atención - es muy interesante el flujo de nuevos ciudadanos vascos, cántabros, asturianos y gallegos. Provenientes mayormente de Inglaterra y Venezuela.

El precio es alto. Monetaria, patrimonial, social y culturalmente. Por no decir el coste que representa que una minoría (que cada vez lo es menos) vaya dictando los precios inmobiliarios. Quizás desde la capital se mire el fenómeno con cierta lejanía. Pero no debería ser tanta: ya es raro encontrar una comunidad de propietarios del madrileño barrio de Salamanca sin un piso en manos de venezolanos, mexicanos o argentinos. Quienes han venido con dinero fresco, presto para ser gastado en bienes raíces. Cuantos más, mejor. De hecho, hay calles de la zona apodadas «little Caracas», tal es la densidad de nuevos residentes venidos del país de Simón Bolívar. Lo que explica la subida de los alquileres en las zonas céntricas de cualquier ciudad española: de unos comedidos seis u ocho euros por metro cuadrado - en áreas «prime», quizás el doble - hemos pasado a un mínimo de doce euros por m2…como mínimo. Los universitarios latinoamericanos —el nuevo mercado del «Real Estate» madrileño— están provocando tal subida. En pocas palabras: lo que se pide de alquiler en un distrito no principal por un piso de cien metros cuadrados y balcón es lo que no hace mucho se demandaba por un apartamento de las mismas características en una zona «noble» de España. Cabría preguntarse si la inmigración ilegal es causante de esta situación. Obvio que no. Pero el discurso de que así es prosigue. Con éxito, por cierto. Mientras, como en el cuento, demasiados políticos y no pocas políticas simulan no ver al rey desnudo en la sala de audiencias. Cabría preguntarse el motivo de por qué no se quiere atajar de raíz el problema. No ya a nivel autonómico o estatal, sino europeo. Cuando ciertamente, la gentrificación es ya un problema casi paneuropeo. Por poner un ejemplo, el Banco de Portugal reconocía en su último boletín que, en cuanto a precios de vivienda se refiere, el país luso es el más tensionado de la Unión Europea. Con un sobreprecio medio del m2 del treinta y tres por ciento respecto al precio que debería tener teniendo en cuenta el nivel de vida y sueldos medios de nuestro país vecino. Es una situación perversa: inversores - muchos de ellos europeos, pero también rusos, estadounidenses y árabes- dispuestos a vender aún más caro el paraíso del sol y del buen tiempo del sur de Europa. La pregunta que muchos nos hacemos es qué va a hacer el español medio — de hecho, el europeo medio — cuando las zonas aún no violentadas por la avidez compradora de los “nuevos europeos” se acaben.

Y — también — de qué demografías dispondrán en un futuro no muy lejano los estados europeos emisores de nuevos ciudadanos meridionales. Motivo de otro artículo, si me permiten.

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