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Opinión

Kale Borroka en El Molinar: reventando a Aurora Picornell

El busto de Aurora Picornell, tras el ataque.

El busto de Aurora Picornell, tras el ataque. / Guillem Bosch

Basta mirar de cerca el busto de Aurora Picornell para darse cuenta de la magnitud de la violencia que ha sufrido a base de martillazos, o golpes de una barra de hierro, una maza, o lo que sea. Luego le dibujaron una cruz gamada en el suelo y se fueron con su espray decorando con ésa y otras simbologías supremacistas las fachadas de un restaurante y una casa. Segundo ataque vandálico en menos de un mes en el barrio que fue de las Rojas, las militantes comunistas y feministas asesinadas la noche de Reyes del 37. Resulta que el pintoresco lugar marinero, convertido hoy en anhelo inmobiliario de nórdicos y centroeuropeos, tiene un pasado, y éste un símbolo en la sonrisa indomable de la madre veinteañera a la que vejaron y dispararon en la nuca los fascistas. De esos valientes descienden ideológicamente los que hoy nos afrentan.

Como vecina del Molinar y contribuyente que acaba de abonar hace un par de días el impuesto de bienes inmuebles que ha cobrado el Ayuntamiento me pregunto hasta qué punto podemos sentirnos seguros los residentes de la zona. Mira que si nos encontramos de cara con quien es capaz de semejante agresividad cuando volvemos del trabajo, o se lo topan los niños. El primer asalto contra la estatua de Aurora Picornell fue con pintura, y mancillaron después un grafitti artístico en su memoria y después los muros del colegio; el segundo con un objeto contundente. Este aumento gradual del salvajismo solo se entiende desde la indolencia en la respuesta de quien tiene la obligación de protegernos a nosotros, las calles y los bienes públicos. Es decir, hay que estar muy seguro de que la Policía Local ni está ni se la espera en esta ciudad, en este barrio, para perpetrar una acción vandálica con semejante desparpajo. Y también hay que estar muy seguro de que nadie va a investigar nada si vuelves al lugar del crimen.

Me hubiera gustado mucho escuchar al alcalde Jaume Martínez condenar con energía una acción repugnante contra un emblema que a muchos nos toca el corazón y la memoria. No lo ha hecho de momento, quién sabe si por no molestar a sus compadres de Vox. Su silencio reproduce el apoyo de su partido al presidente del Parlament, el ominoso Gabriel Lesenne, que se sentará en el banquillo por otro acto de violencia contra Aurora Picornell. De esos valientes descienden ideológicamente los que hoy nos afrentan. Pero si los hechos importan más que las palabras, tal vez pueda el alcalde Martínez decirnos qué piensa hacer con la kale borroka ultra que va in crescendo junto a nuestras casas. Poner una cámara junto al monumento, trasladarlo a la plaza de España donde siempre hay vigilancia uniformada. O rodearlo de policías con esos cascos con plumas de gran gala en los que va a invertir 20.000 euros y que “reforzarán la percepción de orden, disciplina y servicio público”. Justamente los tres conceptos que está necesitando el Molinar.

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