Opinión
Las pintadas vandálicas desaparecen de Palma

Antres y depués de las pintadas vandálicas / A.F.P
Las pintadas vandálicas en Palma llevan camino de ser historia, y me parece una noticia excelente. Habrá quien crea que exagero porque sigue habiendo numerosas agresiones con pintura nuevas y antiguas. Pero, si comparamos de dónde venimos y dónde estamos, de verdad que no hay color y el resultado positivo se ve a la legua.
Recuerdo hace más de dos años a un jovencísimo Llorenç Bauzá de Kéizer que me urgió a reunirme con él, recién nombrado responsable de la limpieza de la ciudad y muchas otras cosas. No tenía dudas, había hecho suyo el lema de ARCA «pintada feta, pintada esborrada» y sabía que el camino sería lento y con idas y venidas, pero pensaba recorrerlo.
«Prefiero que me denuncien por limpiar, aunque esté en duda si puedo hacerlo, que dejar las paredes sucias», me dijo Llorenç durante nuestra conversación. Si yo hubiera sido periodista, habría publicado de inmediato una noticia con ese titular. Pero como no lo soy, he esperado dos años y medio a tener pruebas de que ese hombre cumple su palabra y ahora lo cuento.
Pasear por la mayoría de las callejuelas de Palma durante años era un tormento. Los cabroncetes provistos de spray, algunos de ellos turistas, habían convertido en un infierno las paredes, y la rabia y el malestar invadía a quienes tenemos un mínimo de aprecio por nuestra ciudad.
En una tertulia que organizamos para intentar poner en evidencia y atajar la salvajada de las pintadas, un señor mayor que se veía frágil y culto hizo una afirmación que me quedó grabada en la memoria: «A jo, l’art, me dona vida, però quan surt al carrer i veig això, que alguns diuen art, me pos molt trist». Lo expresó con sencillez, sin levantar el tono. Se entendió a la perfección.
La cuestión es que, ahora, la limpieza en las paredes nos da alegría. Y tenemos la garantía de que, mientras dependa de Llorenç Bauzá, pintada nueva, pintada que se borrará. Seguro que no todo será perfecto y que hay muchas que aún siguen clamando al cielo; podría hacerles una relación extensa, empezando por la fachada lateral de la Audiencia -parece mentira que los responsables de ese lugar simbólico del orden y la justicia pasen olímpicamente de mantener la dignidad de sus paredes-. Pero todo se andará. La limpieza progresiva de las pintadas vandálicas en nuestra ciudad es un ejemplo claro de que, en política, si se quiere, se puede.
Llorenç siempre bromea alarmado cuando me ve porque sabe que le voy a seguir dando caña y quejándome de cosas en las que no coincido con él, como, por ejemplo, las papeleras gigantes, que aborrezco. Lo cierto es que, a veces, me desarma, como cuando me confesó que lleva en el bolsillo una llave maestra de las famosas papeleras para comprobar con sus propios ojos si realmente se llenan y en cuanto tiempo.
Llorenç es docente, no tendría problema en retomar sus enseñanzas de historia en cualquier momento. Habría dejado tras él un trabajo constante y serio que alivia la mirada de los paseos por la ciudad y eso se nota en todos los barrios. Mejoras quedan por hacer, y mucha gente seguimos haciendo fotos de pintadas y reclamando a EMAYA su limpieza. Lo importante es no torcer el rumbo y olvidarse de ese «tanmateix» tan mallorquín, que lleva a la inmovilidad y al pasotismo, porque no es cierto. Vale la pena demostrar que la mayoría de las veces gana lo que es justo y que las dinámicas perversas se pueden reconducir. Ya no campan a sus anchas quienes disfrutan ensuciando nuestras fachadas, y eso es muy buena noticia.
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