Opinión | Tribuna
Jamil Missaghian
Belém 2025: la selva en pie como apuesta de civilización

Activistas medioambientales del grupo Glasgow Actions participan en una protesta contra el presidente estadounidense Donald Trump, para pedir la cooperación global urgente a pesar de la obstrucción política de Washington, frente del Centro de Convenciones Hangar donde se realiza la COP30, en Belém (Brasil) / EFE/Andre Borges
Belém do Pará, la ciudad donde el río se encuentra con la selva, se ha convertido estos días en el epicentro simbólico del planeta. Desde allí, Brasil lanzó el Tropical Forests Forever Facility (TFFF), un fondo internacional que propone un cambio de paradigma: convertir la selva viva en un activo económico permanente, y no en un recurso destinado a desaparecer.
La idea es sencilla y revolucionaria: invertir en proyectos sostenibles, generar beneficios y recompensar tanto a los inversores como a los países que conserven sus bosques. No se trata de filantropía, sino de una nueva lógica económica que une rentabilidad y preservación.
Más de 50 países han mostrado interés. Noruega y Francia ya comprometieron fondos significativos, y la Unión Europea prevé aportar hasta mil millones de euros antes de 2030. Brasil, impulsor del proyecto, se estrena con mil millones de dólares de inversión propia, marcando un precedente histórico.
«El bosque en pie vale más que cualquier pasto», declaró el presidente Lula da Silva, resumiendo el espíritu del programa. Sus palabras resonaron como un llamado a abandonar la mentalidad extractivista que, durante siglos, ha convertido la naturaleza en simple mercancía.
Mientras Donald Trump y Vladimir Putin brillaron por su ausencia, China sorprendió al enviar una amplia delegación encabezada por su viceprimer ministro, confirmando su interés en liderar la transición verde. Europa, por su parte, llegó con tono de urgencia: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, calificó a Brasil como «clave para el futuro del planeta», y Emmanuel Macron recordó que «no hay economía próspera en un planeta devastado».
El TFFF aspira a reunir 125.000 millones de dólares para financiar conservación, reforestación y energías limpias antes de 2030. Su modelo se basa en un capital que no se agota, sino que se multiplica para sostener políticas ambientales a largo plazo.
Belém se convirtió así en espejo del mundo: al mirar la Amazonía, la humanidad ve reflejado su propio destino.
Porque, al final, mantener la selva en pie no es solo una cuestión ecológica, sino una elección de civilización.
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