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Opinión | Tribuna

Apología de la esperanza

Apología de la esperanza

Apología de la esperanza

Cerré los ojos y vi esa imagen: guerreros galopando hacia murallas, dispuestos a arrasar con todo lo que encontraran a su paso. Es la imagen más sugerente y más acertada. Sirve como metáfora para expresar cómo este cibercapitalismo lanza sus guerras relámpago sobre nuestras conciencias, sobre nuestras mentes, intentando dinamitar todo atisbo de bienestar. Pues una sociedad bien estante, o que apuesta, como dice Nazareth Castellanos, por su bien-ser, no sería una sociedad que consumiera. No sería una sociedad consumida a sí misma en la confusión permanente, en este vivir o sin-vivir con cientos de pestañas abiertas en nuestro navegador cognitivo, lo que incapacita para tener una narrativa clara de lo que (nos) sucede en el mundo.

Es harto complicado mantener la salud mental en el mundo de la polémica. «πόλεμ» significa, en griego antiguo, guerra, lucha o conflicto. La actualidad se ocupa de mantenernos sobreactualizados y ocupados mentalmente con la última ocurrencia, el último comentario cínico o la barbarie más insólita, como la que ocurre en Palestina, a tan solo 3.000 kilómetros de este escritorio donde escribo. O en el Congo, cuyos recursos Occidente explota, sembrando y potenciando la discordia que provoca cada día asesinatos en masa de nuestros hermanos, en el continente que vio nacer al Homo sapiens. Fijamos la mirada un momento en uno de esos lugares. Intentamos entender qué pasa y por qué sucede. Pero mecanismos y dispositivos distópicos nos deslocalizan constantemente para que no estemos, ni seamos jamás, en el aquí y ahora, ni focalicemos la atención en nada que nos permita alcanzar cierta conciencia. Se suceden las imágenes para los homo videns —seres humanos que se educan con imágenes— (Sartori dixit). Homínidos sometidos a la superposición de vídeos cortos que configuran un mundo y un horizonte cada vez más estrecho de posibilidades. Lo virtual ha venido ahondando en el desasosiego, una hostilidad pensada para aminorar nuestras fuerzas y combatir contra toda nuestra esperanza.

Despite all these bad news, hace algunas semanas que los algoritmos, las imágenes y la dictadura de la actualidad no operan en mí como antes. Siento que he recuperado cierta fuerza. Supongo que influyó ver One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson. También ver cómo una cantidad de gente cada vez mayor está indignada cuando oye discursos como el de Trump en el parlamento israelí —Trump presumía de haber enviado armas cuya existencia desconocía hasta que se las pedía Netanyahu— y congratulaba, también, al genocida israelí por haberlas usado tan bien. El cinismo está yendo demasiado lejos. Un nazicapitalismo desbocado intenta generar más y más grietas. Pero el ser humano siempre ha necesitado narrativas. Y el status quo, permisivo ahora con el fascismo que asola el mundo, es incapaz de generar suficientes asideros para un ejército cada vez más grande de descontentos e irritables individuos. No bastan las banderas. Llevamos algunos años en los que mantener la salud mental en un mundo que nos quiere malhumorados, enfermos y en guerra permanente se ha hecho muy difícil. Pero quizá era el desierto que necesitábamos atravesar para alcanzar un despertar colectivo que apenas comienza.

He estado pensando en dos paralelismos cinematográficos para explicar lo que ocurre. En la película Funny Games, de Michael Haneke, una familia es llevada al límite del tormento absoluto. No es hasta que la madre pierde toda esperanza que decide enfrentar a los torturadores. En la película Laberinto de fuego, por otra parte, un conductor de autobús logra salvar a 22 niños y niñas y a su profesora en los incendios de California en 2018, cuando toda esperanza se ha desvanecido. Es cuando es consciente de que no cabe otra que atravesar el fuego que consigue salir a la luz desde la oscuridad. Parece que la esperanza, paradójicamente, aparece cuando se pierde la esperanza, o cuando se piensa que no hay nada que perder. O que lo único que hay que perder es lo que merece la pena ser perdido: un mundo inmundo, un presente inhóspito y unas cadenas que nos atan al cinismo de los más ricos magnates, que estarían dispuestos a vender a su madre por unos cuantos millones de dólares más.

La historia nos ha demostrado que el fascismo siempre acecha, que puede adueñarse de la voluntad de millones de personas si las condiciones son proclives a ello. Pero también nos enseña que es de corta mecha, que quema todo lo que arde; sin embargo, y he ahí la buena noticia, no lo hace por mucho tiempo. Porque llega un momento en que el incendio ha consumido todo aquello que era combustible. Y no queda nada que quemar. Este sistema económico-político no puede vivir de promesas cuya consumación es impracticable; no puede ficcionar y pintar de fantasía constantemente la existencia de precarios individuos. Porque la esperanza tiene un límite. Y cuando ese límite es rebasado y la gente entiende que no tiene nada que perder, puede rebelarse como nunca antes. La configuración de mentiras es de tal calibre, la virtualización de tal calado, la verdad tan escasa y la realidad se encuentra tan ausente, que todo apunta a un radical despertar colectivo. En el peligro está lo que salva. Y de este mal sueño saldremos más fuertes. Creánme, lo digo lleno de esperanza: el sistema que hoy parece invencible será un recuerdo que aprenderemos a contemplar con desprecio.

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