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Opinión | Tres en línea

Valencia

El peligro del hombre de la calle

Llorca no es un líder excepcional, sino alguien que se parece a mucha gente

Pérez Llorca y Mazón, en una imagen de archivo en las Corts.

Pérez Llorca y Mazón, en una imagen de archivo en las Corts. / ROBER SOLSONA/EUROPA PRESS

De todos los posibles, han elegido al que peor nos viene”. El comentario me lo hizo el pasado martes, nada más confirmar Feijóo el secreto a voces de que Juan Francisco Pérez Llorca sería el candidato del PP a suceder a Mazón si consigue los votos de Vox para ser investido, un veterano dirigente del PSPV, preocupado porque su partido no sepa leer correctamente la situación. A juzgar por lo visto estos días, la inquietud está más que justificada.

El retrato que se está haciendo del nuevo aspirante a la Generalitat es tan lineal como simple: es un alcalde de pueblo, mano derecha de Mazón, encargado de continuar su legado y defender su memoria, cercano a Vox y que, si consigue acceder al Palau, ejercerá como interino hasta que el PP anuncie en un próximo congreso quién será su mirlo blanco. El perfil, así trazado, peca en origen de cierto complejo de superioridad, por mucha “pegada” que parezca tener.

Hay otros elementos diferenciales que, sin embargo, sorprendentemente no se están subrayando. Si consigue ser investido, Pérez Llorca será el primer empresario que llega a la presidencia de la Generalitat, el primero que lo hará directamente desde una Alcaldía, el primero que accederá al cargo con el estado civil de divorciado en el Libro de Familia (aunque hace años que mantiene una relación estable) y el primero que asumirá el puesto más importante de la Comunitat padeciendo una enfermedad (esclerosis múltiple) que no lo inhabilita ni lo ha incapacitado hasta el momento y que tampoco ha escondido, pero de la que ha tenido que dar cuenta en Génova antes de que su nombre fuese proclamado, lo que convierte en un hecho público un asunto privado. No será el primero sin titulación universitaria. Pero será el segundo. Todo eso junto tiene una lectura sociológica mucho más interesante y poliédrica que la que estamos leyendo. Llorca no es un líder excepcional, sino alguien que se parece a mucha gente.

Si le vota la mayoría de la cámara, Llorca se convertirá en el octavo presidente desde la aprobación del Estatut. El tercero que es investido sin haber sido el candidato en unas elecciones. Y el tercero también proveniente de Alicante, lo que es un suceso igualmente extraordinario porque cuando estalló la crisis de la DANA era mantra repetido en Valencia que después de Mazón ningún alicantino podría ascender al rango de Molt Honorable, al menos durante mucho tiempo. Resulta que van a ser tres de ocho: los mismos que Valencia, por dos de Castellón. Y que ningún político de la provincia de Valencia ha ocupado el Palau desde hace casi tres lustros, dicho sea sólo para situarnos en la realidad de la política de esta Comunitat, más allá de los tópicos al uso.

¿Va a ser un interino? La pregunta es si hay algún político que en democracia no lo sea. Vocación de ello no tiene. ¿Un presidente de transición? Circunstancias personales aparte, a las que ya me he referido, dependerá como siempre de las encuestas. Pérez Llorca nunca habría sido candidato del PP a la presidencia de la Generalitat en condiciones normales, porque jamás se le pasó siquiera por la cabeza hasta hace unos meses y porque lo suyo siempre ha sido ser el primero en su pueblo (en un municipio de más de 9.000 habitantes obtuvo el 74% de los votos y 11 de los 13 concejales) y para lo demás moverse en las sombras con algunas amistades peligrosas, entre las que no se encuentran ni Zaplana ni Camps, pero sí el exvicepresidente Císcar, el condenado por la Gürtel David Serra o el alcalde de La Nucía, Bernabé Cano, hermano de la actual consellera de Industria. Pero una vez entre en el Palau, peleará por quedarse. Al fin y al cabo, si los sondeos le crucifican siempre quedará como el hombre que se sacrificó en medio del naufragio. Y si le van bien, nadie se atreverá a moverlo. En todo caso, sorprende que ese sea un argumento válido para la oposición, a la que se le debería suponer la aspiración de que cualquier presidente del PP sea siempre de transición.

Esa es la ventaja de Pérez Llorca: que en medio de la confusión general, él arriesga poco para ganar mucho. Y es el mayor problema para la oposición a la hora de enfrentarlo. Pero más aún lo es su condición, nada impostada, de “hombre de la calle”. Un tipo “normal”, la antítesis en carácter a Mazón, que, sin embargo, controla el aparato del PP y ha tejido alianzas en las tres provincias, algo de lo que poca gente en su partido puede presumir. Se menciona sin parar su capacidad de entendimiento con Vox. Y es lógico porque su nombramiento depende de la ultraderecha y con Vox ha pactado muchas cosas, aunque él no fue el protagonista del acuerdo de gobierno: ese lo pilotó Carlos Mazón de cabo a rabo. Pero en todo caso conviene no olvidar que su primer trato fue con Compromís y su segundo acuerdo con Ens Uneix. En ambas jugadas, el PSPV ni se enteró de lo que le tenían preparado ni fue capaz de reaccionar, lo que le costó un puesto en la Mesa de las Cortes y perder la diputación de Valencia. Para ser de pueblo, no está mal.

No es tan fácil, por tanto, clasificar a Llorca, integrante hasta nuevo aviso del ala más moderada del PP, con vínculos incluso familiares en el PSOE, pero leal hasta la médula a su partido. También ha sido leal con Mazón, y supongo que lo seguirá siendo si es presidente. Pero hasta aquí ha sabido no confundir la lealtad con la sumisión: la bronca entre él y Tellado en los prolegómenos de la dimisión de Mazón, cuando Tellado vino con el ordeno y mando desde Madrid, fue de las más duras que se ha registrado en la cúpula popular, hasta el punto de que Tellado amenazó con expulsar del partido por “insubordinación” al que unos días después han acabado nombrando candidato. Pero antes de eso, también fue el alto cargo más importante que se negó a ejercer de palmero en la declaración institucional que a Mazón le prepararon los suyos el mismo día en que se conmemoraba la muerte de 229 personas. Estaba en Valencia, pero no quiso ir a aplaudir.

Esto es lo que hay. Pero lo esencial siempre será lo que esté por venir. Si Llorca quiere hacerse un sitio, tendrá que demostrar que las cosas no son iguales a partir de que él llegue al cargo. Porque el programa con el que el PP ganó las elecciones es el mismo, pero la ciudadanía ha dejado muy claro, no sólo su rechazo a la persona de Mazón, sino también a una forma de gobernar que se ha demostrado intolerable. Si Llorca no quiere acabar como Fabra, siendo el que asumió un gobierno envenenado para terminar perdiéndolo, tendrá que aplicar desde el primer instante un modelo nuevo. Tendrá que pedir perdón sin ambages a las víctimas y reconocer errores, tendrá que visitar la zona cero y encontrarse allí con sus alcaldes y con sus vecinos y tendrá que exigir una reunión con el presidente del Gobierno para acabar de una vez por todas con la vergonzosa falta de coordinación entre las administraciones que padecemos.

Si lo hace, las asociaciones de víctimas tendrán a su vez que comprender que su legítima presión para que Mazón sea juzgado no puede convertirse en veto a todo aquel que gobierne la Generalitat, por el interés general pero también para que ellas puedan avanzar a pesar de su intenso dolor. Sánchez tendrá que asumir que bloquear a la Generalitat es ir contra los ciudadanos de esta autonomía. Y la oposición, digo de Compromís pero sobre todo del PSPV, también tendrá que revisar su estrategia, porque seguir pegándole lanzadas al moro muerto no le será suficiente para ganar en 2027 si, al margen de ello, no son capaces de construir un proyecto de Comunitat más creíble que el que la derecha propone.

Si Llorca, sin embargo, no hace eso, si no emprende desde el principio un camino propio, entonces acabará diluyéndose sin pena, porque repito que no se juega nada, pero también sin gloria. No lo tiene fácil, porque si es investido presidente tendrá que afrontar la crisis más grave que la Generalitat ha vivido en toda su historia, con un PP, además, roto en Valencia, aunque de momento sólo allí. Pero sarna con gusto no pica, y si ha llegado hasta aquí no es ni porque Mazón lo haya puesto ni porque Feijóo lo haya querido. Sino porque ha ido despejando piezas del tablero hasta que sólo ha quedado la suya. Y aún así, tiene más papeletas para estrellarse que para sacar cabeza. Pero si alguien cree que no tiene peligro le recomiendo que vea cualquier documental de La 2 y observe con qué sigilo se mueven los depredadores en la sabana.

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