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Opinión | Tribuna

Si la democracia fuera una app

La única salida pasa por devolver a los jóvenes la certeza de que su voz pesa, de que pueden cambiar las cosas, de que la política no es un espectáculo parlamentario para adultos grises

Jóvenes con sus móviles.

Jóvenes con sus móviles. / FDV

Si la democracia fuera una app, muchos jóvenes —y no tanto— ya la habrían desinstalado: no se actualiza, se cuelga a menudo y, lo peor, no responde cuando se la necesita. Eso choca con una generación acostumbrada a los tutoriales y al botón de reinicio.

No sorprende, entonces, que estudios recientes muestren un desapego creciente hacia el sistema democrático. Hace unos meses, una encuesta de Channel 4 revelaba que el 52% de los jóvenes británicos de entre 13 y 27 años preferiría vivir bajo una dictadura. No porque sueñen con un Gran Hermano que los vigile 24/7, sino porque la democracia, tal como la conocen, les parece un trasto inútil listo para tirar a la basura.

Antes, dictadura era una palabra maldita que evocaba cárceles, censura y bigotes ridículos. Hoy suena a orden, eficiencia, disciplina. El peligro ya no se percibe porque las dictaduras modernas no necesitan tanques en las calles ni militares desfilando con gesto marcial. Se esconden tras algoritmos, memes y bulos virales que dictan lo que se debe pensar, sentir y compartir.

Marx habló de alienación, Gramsci de hegemonía cultural y Byung-Chul Han de psicopolítica: tres nombres para una misma sospecha, la de que el poder más eficaz es aquel que logra que amemos nuestras propias cadenas. Las nuevas dictaduras ya no imponen el control físico; lo reemplazan por un control mental tan sutil que parece libertad. Su diseño es limpio, minimalista, sin esos engorrosos trámites ni debates interminables. Ideal para una generación acostumbrada a que todo venga mascado, en un TikTok.

Y así, sin darnos cuenta, un día podríamos despertar con un gobierno sin ruedas de prensa, sin periodistas incómodos y sin manifestaciones en la calle. Todo en orden. Todo en calma. Qué tranquilidad.

En ese vacío, la extrema derecha ha logrado lo impensable: convertir la rebeldía juvenil en un producto de consumo masivo. Ha sabido canalizar la rabia, transformándola en una ilusión de revolución dócil. Jóvenes que confunden rebeldía con nostalgia, convencidos de estar desafiando el poder mientras repiten, como un mantra, los lemas de quienes lo sostienen.

El truco es viejo: darles una épica a quienes ya no tienen proyecto propio. Son jóvenes —casi siempre hombres blancos— con empleos precarios, alquileres imposibles y títulos que ya no abren puertas. Canalizan su frustración hacia un enemigo inventado. ¿La inmigración? Una amenaza. ¿El feminismo? Una exageración. ¿El cambio climático? Un bulo. ¿La historia? Una manipulación de progres. Les han hecho creer que luchan contra el sistema cuando, en realidad, se han convertido en su engranaje más útil.

No es el autoritarismo lo que seduce a los jóvenes, sino la necesidad desesperada de encontrar algo que tenga sentido. Y la suya tampoco es una rabia homogénea. Para muchos jóvenes blancos de clase media, la democracia ha dejado de cumplir las promesas que un día les hizo; para otros —jóvenes racializados, migrantes o de barrios marginados—, esas promesas jamás existieron. Unos sienten que han perdido algo que les pertenecía; los otros, que nunca fueron invitados al reparto.

Pero ambos comparten el mismo cansancio: se enfrentan a un sistema que promete derechos y ofrece precariedad. Les dijeron que su voz cuenta, pero solo cuenta en encuestas que miden su desencanto. Se les insistió en que la democracia garantiza la igualdad, pero la corrupción y la discriminación siguen siendo las reglas del juego. No es que repudien la democracia; es que la democracia parece haberlos repudiado, como ya denunció el 15M. En ese silencio, la extrema derecha planta su discurso y cosecha adeptos.

Para muchos de ellos, la democracia ya se ha vaciado de contenido: sobrevive como palabra, pero no como práctica. Y cuando un sistema solo se sostiene en el nombre, basta con que alguien proponga borrarlo para que muchos digan que, total, ya no servía para nada.

La única salida pasa por devolver a los jóvenes la certeza de que su voz pesa, de que pueden cambiar las cosas, de que la política —y con ella la democracia— no es un espectáculo parlamentario para adultos grises. Recuperarlos significa crear espacios donde su creatividad, su malestar y su impulso transformador encuentren una salida real. Significa darles herramientas para que no sean solo consumidores de discursos, sino creadores de futuro. Y, sobre todo, significa demostrarles —con hechos, no con promesas— que la democracia aún vale la pena.

Castoriadis lo sabía: la democracia no se descarga, se construye. No es un producto terminado, sino un proyecto colectivo que cada generación debe reinventar. Muchos jóvenes aún no lo saben. Y cuando por fin quieran reinstalarla, quizá el sistema ya no admita actualizaciones.

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