Opinión | Tribuna
Catástrofe
Ya me perdonaran ustedes si, en estos momentos tan complejos, y no me refiero solo a Francia – con Sarko entrando y saliendo de la cárcel, el Louvre desvalijado y Macron y su gobierno contra las cuerdas - también a Europa, con la interminable guerra en Ucrania, Putin y Trump mareando la perdiz, sin mencionar lo de Gaza y el improbable plan de paz, me salga por la tangente. Lo que viene a continuación entiéndanlo como una pataleta de niño mimado al que han castigado sin merienda.
La pataleta, peccata minuta egocéntrica, viene a cuento de la pesadilla recurrente de los últimos veranos, la catástrofe ocasionada por los catamaranes al invadir mi refugio, mi zona de confort. Y empiezo con la etimología, del griego katástrofi: término con el que se conocía al tercer acto, el del desenlace de las obras dramáticas. De significación rotunda, suceso que produce gran destrucción o daño, y también, como segunda opción, siempre la RAE, persona o cosa que defrauda absolutamente las expectativas que suscitaba.
Y de la catástrofe pasamos por analogía al catamarán. Solo con el prefijo ‘cata’, como coincidencia, y que vale como contracción, para señalar comúnmente a una embarcación de dos cascos. Aunque en este segundo caso la etimología nos lleva al Océano Índico, al Tamul, una de las lenguas habladas en la India y en Ceilán/ Sri Lanka para referirse a una embarcación, kattuamaran, de dos o más troncos de madera unidos entre sí.
Pero desde sus orígenes en el Índico y en el Pacífico, esta embarcación de dos cascos ha evolucionado mucho hasta la actualidad, que es cuando la podemos asociar con el significado de la catástrofe griega. Ya que, desde la humilde balsa, de los dos troncos de madera, ha pasado a convertirse en inmensos y no precisamente estéticos (aunque todo es cosa de gustos) apartamentos flotantes. Unos inmuebles, de francobordo y cabinas desmesuradas, con aire de papamóvil, que han entrado en el mundo de la navegación de recreo, como un elefante en una cacharrería. Pero el problema no reside solo en la cuestionable, o no, estética. El drama, el desenlace de la tragedia para el tranquilo aficionado que solo pretendía navegar tranquilo, entre fondeos, calas y puerto, reside en el comportamiento que parece habitar en quienes navegan en dichos paquidermos (dicho esto con el debido respecto a los elefantes). En general anuncian su llegada con música, altavoces a todo volumen, y si va de reguetón, mejor. A continuación, viene el espectáculo de dar con el lugar correcto para amarrar, y echar el ancla, cosa que hacen sin ningún tipo de consideración con las otras embarcaciones ya presentes. El motor, perdón, los motores, dos, uno de cada casco, pese a facilitar teóricamente la maniobra, sirven en este caso para elevar los decibelios, la contaminación acústica del fondeo, hasta entonces idílico. Y para más inri, una vez finalizada la catastrófica operación de fondeo y amarre, los motores dejan de rugir, pero para dar paso al generador, aire acondicionado obliga, que por supuesto va a dar la tabarra toda la noche. El súmmum de la tragedia, o del disparate, llega con el desarrollo de las flotillas, navegación en tropa, en flota, de cinco seis o más multicascos, y en ello estamos. Drama consumado.
Nota Bene. Tengo amigos, y conozco a bastante gente que navega en cata, y por ello me siento obligado a presentar mis más sinceras excusas. Que quede claro que me estoy refiriendo de un modo especial, y puntual al negocio del chárter, del alquiler de barcos, que ha traído hasta el mar, hasta el mundo de la náutica deportiva, a un público que parece desconocer por completo las más elementales normas de educación. Finito las reglas, la cortesía náutica, la simple educación, los barbaros, como anunciaba Kavafis, han llegado. Lo curioso, desastroso, es que este nuevo aficionado a la moda del chárter náutico, se abona al catamarán. Desde entonces, el mar ya no es lo que era, triste y catastrófica constatación.
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