Opinión | Escrito sin red
La única verdad
El pasado domingo publicaba El País una entrevista con el presidente del Gobierno. Nada extraordinario si tenemos en cuenta que concede entrevistas sólo a medios de comunicación amigos, La Ser, La Vanguardia y, cómo no, RTVE, la televisión pública que debería ser de todos y sólo es del Gobierno y sus aliados de extrema izquierda. Fue hace un año, precisamente el día posterior a la dana de Valencia, cuando los grupos parlamentarios decidieron por unanimidad suspender el pleno de control al Gobierno ante las dimensiones de la catástrofe, pero los del PSOE y sus aliados se negaron a aplazar el pleno de designación del consejo de administración de RTVE para el que eligieron a consejeros afines con un sueldo anual de 125.000 euros (antes era de 11.000 euros, sin dedicación exclusiva). El País ha pasado, de ser un medio con una dirección muy afín al Gobierno, a otra independiente del mismo, aunque comprometida con posiciones de izquierda, tras la disputa por un nuevo canal de televisión entre la primera y el presidente de Prisa, el franco armenio Joseph Oughourlian.
El punto culminante de la entrevista fue la respuesta del presidente a la pregunta sobre el juicio al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, ante la sala segunda del Tribunal Supremo. Dijo el presidente: «la única verdad es que el fiscal general es inocente». Podría haber dicho: «la única verdad es que el fiscal general goza de la presunción de inocencia». Pero no lo dijo. Decir lo que dijo cuando se está celebrando el juicio y en función de lo que está pasado en el mismo, constituye un gravísimo ataque contra el Poder Judicial y el Estado de Derecho, una insólita presión sobre el TS dictando sentencia antes de la sentencia. No se puede atribuir la respuesta presidencial a un descuido justificado en la tensión de la entrevista o a una respuesta fruto de su absoluta convicción en la inocencia de «su» fiscal general. Respecto a lo primero, en un personaje que cuida al milímetro sus intervenciones públicas, es inconcebible. Respecto a lo segundo, cabría encuadrarlo en la temeraria declaración de un irresponsable que desconoce el significado de la separación de poderes de una democracia. No, su respuesta es un consciente desafío en toda regla al TS y a la propia democracia, cuyos principios no vacila en pisotear. Una respuesta que sólo le puede otorgar beneficios. Si el TS le declara inocente por falta de pruebas (recordemos que destruyó las pruebas contenidas en su teléfono móvil y en sus correos electrónicos) dirá que él tenía razón al asegurarlo y que ha sido injusto y humillante el trato sufrido por el FGE a manos del TS. Si le declara culpable, confirmará su acusación de la campaña de lawfare de los jueces contra él, su familia, su partido y su Gobierno. Es la estrategia de un político que no dispone de la legitimidad que confiere una mayoría parlamentaria y además se jacta de su voluntad de permanecer en el poder en ausencia de la misma, enfrentado al Poder Judicial que investiga a su mujer, que va a juzgar a su hermano, que tiene procesados a sus exsecretarios de organización en el PSOE, con su partido investigado por el juez Ismael Moreno (del Juzgado Central de Instrucción nº2 de la Audiencia Nacional) tras recibir el auto del magistrado Leopoldo Puente del TS sobre los pagos en metálico al ex ministro Ábalos y su asesor Koldo García. Es la estrategia de consolidar su poder personal; es la estrategia de un autócrata.
Lo que sí es la única verdad es el descaro con el que Sánchez es capaz de mentir. Una muestra reciente, porque muestras pasadas dan para toda una literatura de la impostura, es la que fue capaz de ofrecer en su comparecencia ante el Senado. Contestó con innumerables y falsos «no me consta» a preguntas de los senadores del PP, esquivando todos los noes sobre hechos que, de ser confirmados en instancias judiciales, pudieran haberle hecho incurrir en delito. A pesar del gesto sobrado con el que liquidó su comparecencia, mintió sobre Koldo García y mintió sobre Ábalos. Sobre su relación con Koldo, el hombre de la trama de las mascarillas, el ojeador de prostitutas para Ábalos, el que decía que «Carlota se enrolla que te cagas», el hombre que hacía gestiones directas con Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela, el hombre que guardaba sus avales en las primarias del PSOE, el que le acompañaba con Ábalos y Cerdán en el Peugeot por carreteras secundarias, el que aparece junto a él en infinidad de fotografías, al que llamaba «gigante de la militancia» dijo que era anecdótica. Afirmación, cuando menos, muy, muy falsa, como todo lo que sale de la boca del señor Sánchez.
Otra muestra de su radical incompatibilidad con la verdad fue su respuesta a la pregunta de por qué cesó a Ábalos en 2021 y por qué lo recuperó en las listas de las elecciones de 2023 y le nombró presidente de comisión de Interior en el Congreso. Sobre lo primero dio la respuesta de que se trataba de una remodelación para dar impulso al Ejecutivo tras la pandemia. Falso, es sabido que el cese fue debido, entre otros motivos todavía no desvelados, a la denuncia impulsada por su exmujer por la descontrolada vida sexual del ministro con prostitutas en un partido abolicionista de la prostitución. Porque no sólo lo cesó como ministro de transportes, que quizá hubiera tenido sentido en una remodelación, también cesó a su mano derecha como secretario de organización del PSOE. Justifica su incorporación como diputado (quizá para comprar su silencio) en 2023, no a su intervención, sino en una decisión del PS del País Valenciano en base a la estructura federal del PSOE. Falso. Las listas electorales al Congreso y Senado en cada comunidad autónoma no las decide cada organización territorial del partido, sino la comisión federal de listas en la que figuran los designados por la ejecutiva federal cuyo secretario general es Sánchez. Ni existen ministros ni existen miembros de la ejecutiva federal, sólo son meros fámulos que se arrastran como personajes de Beckett, despellejados y con camiseta sudada, transmisores de las instrucciones del autócrata, fabricadas por sus mil y un asesores pagados por todos nosotros. El PSOE es el perrito faldero de Sánchez que, por medio de las primarias, ha establecido una relación directa entre él y los afiliados, el nuevo César populista que enmaraña nuestros sueños de limpieza y libertad.
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