Opinión | La suerte de besar
Pobre Antonio Famoso

Pobre Antonio Famoso / freepik
Nadie echó de menos a Antonio Famoso. La vida tiene situaciones macabras y una de ellas es que alguien, a quien no echan en falta durante quince años, lleve la palabra «famoso» en su apellido.
Un sábado de octubre, los bomberos entraron en una vivienda de un bloque de pisos en un barrio modesto del extrarradio valenciano. Un vecino les alertó por una filtración de agua y, como no respondían a la llamada convencional en la puerta, accedieron por el balcón. La sorpresa fue encontrarse con el cuerpo de Antonio, rodeado de insectos, palomas y basura. Llevaba muerto una década y media y ninguna persona le había añorado. En su cuenta corriente se seguía ingresando la pensión, los suministros estaban al día y al parecer, si no hay deudas, nadie tiene por qué interesarse por ti. Así de triste. Así de duro. Antonio tendría 86 años, se separó hace treinta, tenía dos hijos y su vida transcurría entre el supermercado, su casa y el bar. Dicen que era de los que saludaba cuando se cruzaba con alguien, pero se ve que no lo hacía con la suficiente vehemencia o carisma como para que dejara huella en una vecina, en el camarero, en el carnicero, en el estanquero o en alguno de sus hijos. Antonio Famoso no tenía con quien compartir ninguna parcela de su vida. Encarnaba el aislamiento absoluto.
La espiritualidad vuelve como antídoto a la soledad vital. Creer en algo que es superior a nosotros, sentir que trascendemos al presente, encontrarle un sentido a la vida o conectarnos con nuestra esencia y con la de los demás son necesidades que han dejado de esconderse. Las compartimos con amigos, las visualizamos a través de historias como la de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, o las escuchamos y sentimos al dejarnos llevar por la voz de Rosalía (grande, inmensa y maravillosa) y sus canciones. Los jóvenes vuelven a ir a misa, las clases de yoga están repletas y dedicarle un rato diario a la meditación se está convirtiendo en un recurso terapéutico. Continuamos exhibiendo nuestra individualidad al mundo, pero esa actitud ha dejado de cubrir nuestros anhelos. Ya no nos satisface colgar fotos de los platos exóticos que ingerimos. Hacer un pantallazo de las calorías que hemos gastado en nuestra sesión deportiva no nos convierte en sex symbol ni nos da la felicidad. Grabarnos bailando coreografías al son de los temazos de los noventa no agranda nuestro carisma y subir reels mostrando los últimos modelitos que hemos comprado en unos grandes almacenes no calma nuestra inquietud y vacío interior. Necesitamos más. Necesitamos sentir la grandeza de nuestras almas y percibir que no vagamos por este mundo sin un propósito.
Creo en la espiritualidad como terapia. En la necesidad de hallar una emoción que nos conecte con la trascendencia. Comprendo que algunos la busquen en la religión, que otros la descubran caminando por una montaña o que se encuentre al dedicarle un tiempo diario a respirar, a apaciguar los pensamientos y a conectar con una misma. Y creo, también, en la comunidad como antídoto. Porque hay una fuerza imparable en la cohesión social, en el cuidado de los unos a los otros y en el estar al tanto de las carencias de la persona de enfrente. Pobre Antonio Famoso.
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