Opinión | tribuna
Las guerras culturales y la polarización
Se prepondera las emociones frente a la razón. No importan los hechos porque existen los «hechos alternativos»
El cofundador de La Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas, defiende desde los años 80 una filosofía política basada en la razón. Argumenta que los medios de comunicación son mecanismos de ilustración de masas que crean opinión pública que permite a la población la toma de decisiones. La comunicación – «la razón»- debe ser «inteligible, cierta, recta y veraz». Lo sigue pensando a sus 96 años.
En la actualidad, sin embargo, la desconfianza en la información y en la ciencia comen terreno, y la sentencia de Trump «la prensa es el enemigo del pueblo» gana adeptos. La guerra cultural y la polarización se sirven de los nuevos medios de comunicación de masas porque difunden información falsa, y estos medios se enriquecen con la polarización porque es un modelo de negocio fabuloso.
X, Facebook, TikTok, Google e Instagram, entre otros, no censuran contenidos falsos, de odio, ni incluso los violentos, porque su negocio consiste en llegar al público más numeroso posible; en enganchar a más «lectores», provocar furia y ciegos creyentes en cualquier bando cultural. Han subvencionado el salón de baile de Trump y subvencionaron su campaña política porque convenía al negocio. Constituyen una oportunidad para cualquier político populista porque les sirven para romper antiguos consensos y crear enemigos exteriores. Y siempre pueden echar la culpa a la prensa. Son competencia desleal para los medios tradicionales porque estos dependen por completo de la confianza del público. Las plataformas tecnológicas son una isla frente al Estado de Derecho porque ganar dinero explotando contenidos falsos sin incurrir en responsabilidades les suele salir gratis. Por el contrario, los medios tradicionales son responsables de lo que publican: véase la cantidad de periodistas españoles que han pasado estos días por el Tribunal Supremo.
Las guerras culturales pretenden imponer una visión del mundo, valores y creencias sociales antagónicas por lo que han reventado consensos invocando fundamentos rudimentarios. Preponderan las emociones frente a la razón, y, por tanto, no importan los hechos porque existen los «hechos alternativos». Pero destruyen la convivencia. Gana votos el irresponsable que las promueve y gana dinero el que las pone en circulación. Pero perdemos todos los demás: por ejemplo; hace unos años podíamos debatir con amigos o familiares sobre el aborto o la violencia de género porque eran cuestiones asumidas por una amplia mayoría social: una ley de plazos y mil trescientas mujeres asesinadas en veinte años eran hechos aceptados por progresistas y conservadores. Pero ahora estos u otros temas de conversación se debaten desde uno u otro sesgo cultural intransigente que no admite posición en contrario, generan miradas o tensión incómodas y pueden acabar en ruptura.
Las guerras culturales, no obstante, tienen otro efecto más perverso: la brecha consensual ha desembocado en el cuestionamiento del marco democrático. Uno de cada cuatro españoles de entre 18 y 26 años (un 26,5 por ciento) prefieren una dictadura a la democracia. Resultaría un experimento interesante promover un IMSERSO juvenil para esta franja de edad que subvencionase una semana austera en Corea del Norte, Irán o Nicaragua. Salvo para los más inmaduros o asilvestrados la experiencia constituiría un baño de realidad que les devolvería al redil democrático, porque siendo un sistema político imperfecto la democracia la hemos elegido, no nos ha sido impuesta por un tirano.
La crítica no se circunscribe a las tecnológicas, porque los discursos populistas también han impregnado la editorial de varios medios de comunicación tradicionales que han dimitido de su función política y social; de su deber, o razón moral según Habermas. Focalizan prioritariamente en las audiencias, comprensible porque es su negocio, pero criticable por cuanto deberían hacerlo sin soslayar el deber moral de informar y formar a la sociedad, que constituye su razón de ser. O se les supone, cuando se les subvenciona con dinero público, a algunos muy generosamente, aunque hayan renunciado a su labor a favor del mejor postor. Aunque puede que, aplicando el método científico, la renuncia traiga causa de la subvención o la subvención se convierta en la causa.
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