Opinión
Epstein podría haber sido Trump
El magnate pederasta se suicidó en el primer mandato de su amigo y resucita en el segundo, inaugurando la nueva gira del dúo diabólico Trump/Epstein que fascina a los estadounidenses

Epstein podría haber sido Trump / Jose Luis Magana / AP
Ni siquiera la sordidez de Jeffrey Epstein, un pervertido a tiempo completo, ofrece material suficiente para nutrir la actualidad insaciable. Se reciclan sus desechos, ahora mismo para emparentarlo con Donald Trump, como si se necesitaran pruebas adicionales de que son gemelos, intercambiables. Y así afloran los fragmentos en que el pederasta asegura despechado que el abusador sexual «era todavía peor en la vida real y visto de cerca».
Epstein podría haber sido Trump, una versión intelectual del actual presidente estadounidense. Cultivó a las personalidades adecuadas, desde Bill Clinton cuando acumulaba horas de vuelo en el Lolita Express, hasta Bill Gates que pagó la amistad con un divorcio fulminante, por no hablar de Stephen Hawking que debió ilustrarlo sobre las tretas para salir de un agujero negro. El magnate pederasta recurrió al suicidio asistido en el primer mandato de su amigo y resucita en el segundo, inaugurando la nueva gira del dúo diabólico Trump/Epstein que tanto entretiene a los estadounidenses.
Se entiende mejor con un acertijo. Tras reñir por causas jamás desveladas pero que seguramente tienen un trasfondo sexual, ¿cuál de ellos destacó del otro «lo sucio que es»? ¿Y cuál de ellos calificó a su amigo del alma de «reptil»? Técnicamente, la primera expresión de Epstein se refiere a Trump, y la segunda de Trump retrata a Epstein, pero no hay equivocación posible. Dos personas no son idénticas cuando suscitan las mismas alabanzas, sino cuando reciben los mismos insultos. Sobre todo si se los propinan entre ellos.
Epstein podría haber superado el éxito político de Trump, de ahí la decepción adicional al verse superado por «Drogata Donald», otro de los apelativos cariñosos excavados en los veinte mil documentos espolvoreados ahora por los Demócratas en el Congreso americano. Las expresiones del pederasta destilan una nostalgia asesina, la urgencia por ser reconocido como el inductor del triunfo. Cuando expone que su amigo y ahora presidente «bordea la locura», esboza un autorretrato, el regalo de vuelta a la silueta femenina que aportó el inquilino de la Casa Blanca al cincuenta cumpleaños de su amigo y rival.
Cualquiera de estos dos calígulas podría haber llegado a presidente en la era postpolítica, en que los payasos coronan el poder en Estados Unidos, Ucrania o Albania. Sin embargo, solo Trump se atrevió a intentar el asalto increíble a la Casa Blanca, y nunca se imaginó que Epstein le removería el trono desde la ultratumba. Sin voz, pero con portavoz, porque puede hablar por boca de Ghislaine Maxwell, la hija del editor checo Robert Maxwell que publicaba el Daily Mirror mientras le servía de agente al Mossad.
Se acusa a Trump de no tener miedo, pero rebajó los veinte años de cárcel de Ghislaine Maxwell como procuradora de la pederastia a una cómoda estancia en un club de vacaciones rodeado de verjas. Y nadie se atreve a descartar un perdón presidencial, para comprar el silencio de la mujer que recorría los institutos en el Bentley conducido por el chófer de Epstein, en busca de colegialas que llevaran a cabo los masajes criminales.
Es inevitable una superproducción de Hollywood sobre Trump/Epstein, quizás no en este orden, con su mansión tenebrosa de Manhattan y su isla caribeña de los horrores llamada Saint James. El vínculo con su figura bifronte es el único asunto que arranca de sus casillas al presidente americano, sin duda el mejor propagandista de sí mismo que reside ahora mismo en el planeta. De ahí la rabia verbalizada al advertir que la demanda de transparencia surge de las propias filas Republicanas. En Donald, no existe el término medio, véase el veneno que despliega para expurgar a Marjorie Taylor Greene, la congresista por Georgia y trumpista irredenta que se finge compungida por la ocultación de una versión de Epstein a la altura de la expectación creada.
Antes de alcanzar el nivel de trepidación, conviene recordar a los misteriosos rusos del primer mandato de Trump. El impostor habría llegado a la Casa Blanca como marioneta de Putin, que además barajaría vídeos moscovitas con proezas sexuales. Desde la honestidad radical, aquellos rumores estaban notablemente exagerados y generaron más prosa que datos. Después de años aguardando el estallido de las revelaciones de Epstein, y la confirmación de que las personas más odiadas del planeta estaban sometidas a sus crímenes adolescentes, el guion parece estancado.
Europa gira la noria infinita de la depredación de Epstein en la familia real británica. Tras las revelaciones de esta semana, se cimenta la convicción de que Isabel II conocía los crímenes pero quería proteger a su hijo favorito, Andrés de Inglaterra. O Andrés Mountbatten Windsor, que suena incluso más rimbombante. Tampoco se ha avanzado demasiado en este capítulo.
La concentración en los estadistas planetarios omite que Epstein sedujo sobre todo con sexo adolescente a los cerebros más privilegiados de su época. La doctrina del suicidado se componía de un cóctel de ciencia, sexo y dinero, ajustar las proporciones al gusto de cada cual.
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