Opinión | Tribuna
Subir la tasa turística a 15 euros por día, una obligación si queremos sobrevivir

Turistas en Palma
En Balears llevamos décadas hipotecando nuestro futuro a un turismo devorador que exige más recursos de los que estas islas pueden dar. Hemos llegado al límite. Si no reaccionamos ahora, serán otros —las grandes cadenas, los fondos y el turismo low cost— quienes definan nuestro destino. Por eso, aumentar la tasa turística a 15 euros por persona y día no es un capricho: es la mínima defensa que nos queda para proteger nuestro hogar.
El modelo actual está agotado. Las evidencias están a la vista: acuíferos sobreexplotados, posidonia arrancada como si no valiera nada, montañas de residuos que no paran de crecer, carreteras colapsadas. Cada temporada es un asalto contra ecosistemas frágiles que tardan décadas en regenerarse. ¿Y quién paga la factura? Nosotros. Los residentes, con playas erosionadas, expulsados de los barrios por la presión turística y un coste de vida disparado al que debemos añadir el grave problema de la vivienda.
La tasa turística debe ser una barricada frente a la degradación ambiental. Con 15 euros diarios podremos financiar vigilancia contra el fondeo ilegal, restaurar espacios naturales devastados, asegurar el mantenimiento de parques y reservas y proteger la posidonia que sostiene nuestra vida marina. Es hora de obligar a financiar su recuperación a quienes consumen el territorio.
Lo mismo ocurre con el patrimonio cultural. Las islas poseen una herencia histórica que se está desmoronando mientras se invierten millones en promocionar el exceso. ¿De qué sirve llenar hoteles si dejamos morir nuestros pueblos, museos o yacimientos arqueológicos? Quien viene a contemplar nuestra historia debe contribuir a mantenerla. Y si no está dispuesto, quizá este no sea su destino.
Además, nuestros servicios públicos están siendo exprimidos hasta la extenuación. Sanidad, transporte, gestión de residuos, agua o energía son sistemas diseñados para una población que se multiplica sin descanso durante buena parte del año. ¿De verdad vamos a seguir financiando con nuestros impuestos las infraestructuras que demandan millones de visitantes? Bastantes sacrificios hacemos ya quienes vivimos aquí, soportando alquileres inasumibles y salarios que no acompañan.
El impuesto también debe disuadir. Sí, disuadir. Porque no necesitamos más turistas: necesitamos mejores turistas. Destinos saturados como Ámsterdam, Venecia o Barcelona han dado el paso: tasas y restricciones duras para frenar un turismo que amenaza la vida cotidiana. Tener una tasa de 15 euros no es radical; es sentido común. ¿O acaso queremos convertirnos en un parque temático barato, donde todo vale mientras entren visitantes?
Frente a quienes dicen que esta medida espantará al turismo, la respuesta es clara: quien no esté dispuesto a pagar por la conservación de aquello que disfruta, probablemente no nos interesa. El turismo debe ser aliado, no depredador.
Este impuesto es un mensaje: las Balears no están en venta. Protegeremos nuestros ecosistemas, nuestra cultura y nuestros servicios públicos. Y quien venga, deberá asumir su parte de responsabilidad.
No nos equivoquemos: no se trata de poner trabas al turismo, sino de recuperar el control sobre nuestro territorio. Las islas merecen un futuro habitable. Y para conseguirlo, necesitamos valentía política y apoyo ciudadano.
Porque si seguimos regalando lo que tenemos, pronto no quedará nada por lo que luchar. Y entonces sí, el precio será inasumible.
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