Opinión | Tribuna
Mallorca ante la tormenta económica global
Durante el último mes, la economía mundial ha vivido varios episodios que han encendido las alarmas (y los titulares). En Estados Unidos, la Reserva Federal recortó los tipos de interés, su presidente Jerome Powell advirtió que no debe darse por hecho otro recorte en diciembre, varios bancos regionales anunciaron pérdidas importantes y crece el papel de las stablecoins como nueva fuente de demanda de deuda pública.
A finales de octubre, la Fed aplicó un recorte de 25 puntos básicos, situando el tipo de referencia en el rango del 3,75% al 4%, y dio por terminado el proceso de reducción de su balance. Powell dejó claro, sin embargo, que no hay garantías de nuevas bajadas: dentro del Comité hay división, y las decisiones dependerán de los datos económicos. Aun así, muchos analistas creen que el próximo paso será a la baja; la desaceleración empieza a notarse y el crédito se resiente.
La inflación en Estados Unidos ronda el 3% interanual, aún por encima del objetivo del 2%. Esa persistencia explica la prudencia del banco central: bajar tipos demasiado rápido podría reavivar las presiones de precios, pero mantenerlos altos tensiona el crédito y el crecimiento. Además, la reciente publicación de pérdidas en entidades como Zions Bancorp o Western Alliance, por préstamos dudosos o litigios, ha reavivado el temor a nuevas tensiones bancarias. Cuando los balances pierden valor, los bancos restringen el crédito y el sistema se enfría. Entonces la Fed se ve forzada a intervenir con recortes, compras de activos, inyecciones de liquidez. No es precisamente el libre mercado del que tanto se habla.
En paralelo, las stablecoins, monedas digitales vinculadas al dólar, ganan protagonismo. Sus emisores respaldan el valor con bonos del Tesoro, lo que genera una nueva fuente de demanda de deuda pública. El fenómeno aporta liquidez, pero también plantea riesgos, si una parte creciente de la deuda americana pasa a depender de operadores privados digitales, el sistema financiero podría cambiar más rápido de lo que los reguladores pueden seguirle el ritmo.
En Europa, el escenario es similar pero más lento. El Banco Central Europeo mantiene los tipos en niveles altos, pese a una inflación que ronda el 2,5% y un crecimiento que apenas se sostiene. El BCE parece dispuesto a bajar, pero sin precipitación, su reto es evitar que un alivio prematuro reanime los precios energéticos y salariales.
En España, y especialmente en Mallorca, todo esto no es una teoría económica, tiene efectos visibles. El crédito más caro y la inflación persistente afectan al comercio local, al pequeño empresario y al consumidor. Cada decisión en Washington o Fráncfort repercute en el tendero que tiene que refinanciar un préstamo, en la familia que aplaza una compra o en el autónomo que ve subir sus costes fijos. Las cifras globales acaban traduciéndose en decisiones cotidianas, gastar menos, endeudarse menos, ahorrar más… aunque ese ahorro, en la práctica, valga cada vez menos.
Porque esa es la gran paradoja, incluso con depósitos o bonos más rentables, el poder adquisitivo del dinero sigue cayendo. Cada año, el ahorro pierde en torno a un 12% de su valor real. Y eso, sumado a la carga fiscal, es el resultado directo de una política económica estructuralmente inflacionaria. En otras palabras, el dinero parado se devalúa, y el pequeño ahorrador asume una pérdida silenciosa pero constante.
La única receta sensata es la prudencia, revisar la liquidez, diversificar las inversiones y mantenerse atentos a los próximos movimientos de los bancos centrales. Pero también conviene mirar más cerca. En lugares como Mallorca, donde el comercio, el turismo y el consumo local sostienen buena parte de la economía, la estabilidad del crédito y la confianza del ciudadano medio son el verdadero termómetro de la recuperación.
Porque más allá de los índices y los gráficos, lo que se juega en el fondo es algo mucho más tangible, la capacidad de seguir generando riqueza real en un entorno que parece premiar la deuda y castigar el ahorro.
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