Opinión
La esperanza viaja en bus

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani / Europa Press/Liri Agami
La esperanza en un billete de autobús. Es poder llegar a tiempo. O poder llegar, simplemente. Es mirar por la ventana y no sentir miedo. Saber que no vas a ser expulsado a las calles, detenido sin motivo, expulsado de tu vida. Pero también saber que ese asfalto no va a ser la última estación del desaliento, ni la de tus hijos. Tener la seguridad de que una casa te espera al final del trayecto.
Zohran Mamdani, con su compromiso, cercanía y entusiasmo, hoy encarna la esperanza frente a Donald Trump y, por extensión, frente a todos los líderes que alimentan la incertidumbre y juegan con el miedo de la ciudadanía para auparse sobre ella. El alcalde electo de Nueva York ha sabido leer las necesidades de las personas y ofrece soluciones concretas para mejorar su vida. Ante la política de los atropellos y la intemperie, él promete construir un refugio. Frente a los laberintos del odio, la crispación y el desencanto, él muestra una salida y un horizonte.
La esperanza también es un trozo de pan. Tan simple. Tan antiguo. Tan transcendente. Durante al menos tres siglos, en la antigua Roma se repartió harina o pan gratuitamente entre los más desfavorecidos para garantizar la paz social. La marcha de las mujeres de Versalles en 1789 por el incremento del precio del pan marcó el inicio de la Europa contemporánea. Se atribuye a la reina María Antonieta una frase que, probablemente nunca pronunció, pero muestra el signo de los tiempos: «Si no tienen pan, que coman brioche».
Cierre del Gobierno
236 años más tarde, el mismo día que expiraban las ayudas a alimentos para 42 millones de estadounidenses por el cierre del Gobierno, Trump celebró una fastuosa fiesta de Halloween inspirada en El gran Gatsby. En el pasado, rodaron cabezas. Hoy, deciden las urnas. Dos mujeres se han sumado a la primera derrota de Trump, Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey. Ellas no han copado los titulares de medio mundo, sus vídeos no se han hecho virales ni son las nuevas estrellas rutilantes de la política. Pero con su honestidad, serenidad, moderación y respeto, abominando de las promesas incumplibles y de los mensajes tremendistas, han conseguido imponerse en dos estados conservadores. Ellas demuestran que la escucha y el diálogo siguen teniendo futuro ante tanto rey vocinglero que solo habla para sí mismo. Gritar alivia la rabia, pero no nos hace más felices. Ni da de comer.
La esperanza es una vivienda habitable, un transporte que funcione y una cesta de la compra accesible. Es poder vivir con dignidad, y disfrutar de unos servicios públicos que lo garanticen. La esperanza es la fraternidad frente a los discursos de odios. El problema no son las religiones, sino los intolerantes que existen en todas las ideologías. Tampoco los migrantes, y no solo porque los necesitamos, sino por humanidad. No es el acento ni el color de piel los que deben mantenerse inalterables en nuestras calles, sino los derechos por los que hemos luchado. La esperanza viaja en bus. Y sonríe.
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