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Opinión | Tribuna

Entre la razón y el ruido político: ciencia, transparencia e inteligencia artificial

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada a la Comisión de Investigación sobre el 'caso Koldo', en el Senado.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada a la Comisión de Investigación sobre el 'caso Koldo', en el Senado. / Eduardo Parra / Europa Press

La política española es una batalla entre la «razón» y el «ruido»: la confrontación vacía, el escándalo sin búsqueda de soluciones y la desinformación que impiden un debate constructivo sobre los problemas reales. Uno de los muchos ejemplos ha sido el bochornoso espectáculo ofrecido por los tres senadores, estridentes y caóticos, en la comparecencia del presidente ante la mal llamada comisión de investigación de las mascarillas.

Sorprendió constatar que, tras muchos días de preparación del interrogatorio, el foco televisivo y la revelación más «profunda» fue, aparentemente, que el presidente del Gobierno utiliza unas gafas para leer: algo frecuente a su edad y, por cierto, un dato espontáneo aportado por el propio compareciente. Nada más. Solo unas gafas, aunque su diseño sea ya objeto de debate público. Incluso después se supo que, presuntamente, las habría adquirido hace ya cinco años. Imperdonable que no nos hubiéramos percatado antes.

Quizá lo imperdonable sea olvidar que las comisiones de investigación en las Cortes Generales son uno de los mecanismos más serios de control político, un ejercicio de fiscalización real y no un vodevil. Cuando se hace comparecer a un presidente del Gobierno, debería huirse de la pura instrumentalización de la institución, autoexigirse compostura y formular preguntas encaminadas a esclarecer hechos concretos. Nada de esto vimos y, en contraposición a ese contexto, recordé la reflexión del bioquímico Hans Krebs, premio Nobel de Medicina en 1953, que nos regaló hace casi cincuenta años, en la Universidad Autónoma de Barcelona. Explicó la importancia de formular preguntas adecuadas en toda investigación científica, porque guían el diseño, la metodología, el análisis y la generación de hipótesis verificables. Las preguntas son, en definitiva, el eje que orienta la resolución de problemas. ¿Qué preguntas relevantes se formularon, realmente, en el Senado?

Una pregunta bien planteada es el centro de gravedad de cualquier investigación rigurosa. Krebs añadía que una buena pregunta es la que puede responderse y verificarse con los métodos disponibles; las que no persiguen esa respuesta, distraen. Y concluía con cierta dureza: «Si a los cuarenta años no se ha descubierto algo relevante, más vale dedicarse a otra cosa».

Más próximas a mi experiencia están las políticas alimentarias, donde la transparencia y la ciencia son requisitos esenciales, a diferencia del ámbito político general, alejado de cualquier método verificable. Y ahí la comparación se vuelve elocuente: en el sector alimentario lo que está en juego tiene un valor común y tangible para todos; en otras políticas, al haberse perdido los acuerdos sobre valores a proteger, no interesan a algunas de las partes, prevalecen el oportunismo, la incertidumbre y el desorden, en beneficio de quien mejor se sirve de la confusión.

El sistema alimentario europeo es un ejemplo consolidado de política pública basada en el análisis del riesgo, su determinación y su posible control, con la ciencia y la transparencia en su núcleo. Se apoya en una evaluación independiente de los riesgos, una gestión proporcional de estos y consecuente con la evaluación, y una comunicación clara y pública de ambos, además del seguimiento de su impacto, verificable. Es un modelo que prospera en Europa y se extiende al mundo porque productores, empresas, reguladores y consumidores, todos comparten un interés común: si se quiebra la confianza, el sistema colapsa y el mercado se hunde. En otras palabras, en política alimentaria, la ciencia y la transparencia no son un adorno moral, sino una necesidad funcional.

Cuando me incorporé al Comité Científico de Alimentación Humana de la Comisión Europea, en 1997, y después en la EFSA, me sorprendió comprobar lo sólidamente arraigadas que estaban estas ideas en Bruselas, frente a la mayor arbitrariedad remanente en muchos Estados miembros. Pensé que ese enfoque, basado en ciencia, transparencia y verificación, se extendería rápidamente a otros ámbitos de la política. Me equivoqué: poco hemos avanzado en que las decisiones ganadoras por mayoría también deben ser convincentes, legítimas y verificables. En cuestiones como migración, lengua, cambio climático o amnistía, transparentar toda la evidencia disponible aún no fomenta consensos ni garantiza legitimidad. Quizá el esperable desarrollo de la inteligencia artificial, en su vertiente de verificación y trazabilidad accesible a todos, pueda contribuir a mejorar esta balanza.

El fondo del problema es claro: la transparencia está diseñada para una ciudadanía racional y, en las políticas alimentarias, es condición de supervivencia para todos. En otros ámbitos, en cambio, la supervivencia del sistema es un valor que va perdiendo relevancia. Así, puede primar el filibusterismo y rendir más lo emocional, lo selectivo y lo inmediato, moldeado por algoritmos teledirigidos, cuando no por la fuerza. La transparencia, sin instituciones confiables ni medios que traduzcan y verifiquen con rigor científico, se diluye en la avalancha informativa, la desinformación generalizada y el ruido que alimenta la posverdad.

En este contexto emerge el actual cambio de paradigma: un giro radical en la forma en que pensamos, entendemos y operamos en el mundo. La inteligencia artificial simboliza ese punto de inflexión; puede ser una nueva barrera (al servicio de la manipulación y la opacidad) o, esperemos, una herramienta de rescate que fortalezca la confianza perdida y regenere la legitimidad de las instituciones, que hoy pierden esa batalla en medio de este nuevo orden digital.

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