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Opinión | Tribuna

Las monjas van al cine

La belleza sobrecogedora de sus imágenes y una banda sonora que te obliga a soltar la primera lágrima cuando suena el Ave Verum de Mozart

Blanca Soroa en una escena de 'Los domingos'.

Blanca Soroa en una escena de 'Los domingos'. / .

A través de la comedia, drama o incluso terror, el cine nos ha regalado numerosas películas que giran en torno a la temática de la vida de las monjas. Lo ha hecho narrando sus historias dentro de un convento, su actividad en misiones o bien, contándonos la transición por la que pasa una mujer hasta convertirse en esposa de Cristo. Y aviso ahora a las lectoras y lectores, este artículo tiene algo de spoiler. La cuestión es que la película en cartelera, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, ahonda en la misma historia, pero recogiendo ese antes de la toma de decisión, es el discernimiento vocacional, para saber si el Señor llama a la vida de clausura en un convento de monjas a una adolescente de 17 años, Ainara. El hecho sacude a una familia entera, en la que hay algunos no creyentes, y a su entorno más cercano.

Y esta sacudida también nos alcanzó a nosotras hace unos días. A los pocos minutos de estar sentadas en nuestras butacas del cine Augusta, un estremecimiento del que no quieres apartarte, doloroso a ratos y manso en otros, nos atrapó rápidamente. La belleza sobrecogedora de sus imágenes y una banda sonora que te obliga a soltar la primera lágrima cuando suena el Ave Verum de Mozart en contraste con una escena en una discoteca, nos cautivaron. Los diálogos imperdibles que abordan aquello que siempre quisimos dilucidar y nunca nos atrevimos a preguntar sobre esta cuestión, no hicieron más que susurrarnos al oído lo que irremediablemente iba a acontecer en la vida de todos los personajes. Y he aquí mi percepción de mujer madre y no religiosa que quizás lea la película de un modo diferente a las personas que sí lo son profundamente. La película presenta todos los planteamientos desde el respeto y la empatía con exquisitez. Lo hace de tal manera que todos los ángulos o sentires se entienden, se comprenden, y todos nos podemos identificar con alguno de los personajes y reconocer reacciones de otros en ellos.

Pero me detengo en un hecho. Por primera vez vimos monjas en el cine, pero como espectadoras. Eran tres o cuatro e iban acompañadas de otras mujeres sin hábito. El hecho atrajo algunas miradas y a nosotras algunas reflexiones, como la misma curiosidad que suscitaba su presencia allí. Nos cuestionamos después que, si no son de clausura, ¿por qué no acuden más al cine?, ¿cuál es el pero? Tuvieron que ir a esta, cuya temática les alcanzaba, pero por qué no ir a otras cuidadosamente elegidas por ellas que también les hablen del mundo a la vez que el mismo les devuelve cómo son percibidas las personas que consagran su vida a la fe, a la religión, cómo son vistas o cuáles son los apriorismos prejuiciosos que a veces imperan sobre ellas. Quizás, creyentes, agnósticos o ateos, necesitemos que se integren más con el resto y permitan que la experiencia mística con Dios florezca también a través del contacto mundano con los otros, eso incluye ir al cine, por poner un ejemplo. Ya lo dice en la película el padre Txema a Ainara, en un momento en el que aún no se ha producido el viraje definitivo en su interior, cuando ella le habla de los besos con el chico que le gusta. Él le viene a sugerir que el misterio divino no pertenece a un solo rostro, sino que también se manifiesta en el Otro, esta vez encarnado en el amor del muchacho. Por otro lado, ¿qué pretendía que Ainara dedujera?, ¿qué interpretarían las monjas sentadas en la sala Augusta? Es probable que no fuera lo mismo que yo y que la parcialidad del sacerdote se resignifique dependiendo de quién lo haya escuchado y procesado, por eso la película es inmensa, filosófica e inabarcable. Una maravilla.

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