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Opinión

Palma

Réquiem por el carril bici de la calle Blanquerna de Palma

El carril de Blanquerna, punto de conflicto entre bicis, peatones y terrazas.

El carril de Blanquerna, punto de conflicto entre bicis, peatones y terrazas. / Guillem Bosch

Nadie llora la desaparición del carril bici de la calle Blanquerna de Palma, anunciada esta semana por el Ayuntamiento sin apenas oposición política ni contestación de entidades sociales y vecinales. Quizá porque, con los años y la experiencia diaria, se ha demostrado que incluir vías exclusivas para bicicletas en zonas peatonales de la ciudad muy transitadas —una excepción a la norma que Palma generalizó con alegría desmedida— ha resultado una idea nefasta, generadora de inseguridad para el peatón y de conflictos y accidentes diarios, lo que se multiplica por mil cuando esas vías exclusivas para bicicletas son tomadas por los usuarios del patinete.

Tenemos como precedente el ejemplo de la supresión del carril bici en la plaza de España, que llegó con la finalización de su reforma, una de las decisiones más acertadas que ha tomado el Ayuntamiento desde el inicio de la legislatura. Al menos ahora los ciudadanos que transitan por ese cruce de caminos saben que no serán atropellados por un rider cargado de pizzas y tacos en nombre de la movilidad sostenible. Pero la clave de la pacificación de la zona no reside tanto en el veto oficial como en el interés de Cort en su cumplimiento, gracias a la presencia permanente de una patrulla de la Policía Local frente a la estatua de Jaume I.

En la peatonal calle Nuredduna, donde ni siquiera existe un carril bici, la presencia de patinetes a ciertas horas es tan abrumadora que espanta a los ciudadanos, los arrincona en los extremos de la vía y los obliga a caminar con mil ojos, cuando el uso de esos vehículos está tan prohibido como en la plaza de España o en la futura calle Blanquerna, cuando su carril bici se traslade a la calzada de la calle 31 de Desembre.

Sin embargo, con medidas correctoras que ponen parches puntuales a decisiones poco acertadas del pasado, Palma también da pasos atrás en una movilidad alternativa al coche que ya debería estar mucho más consolidada en el centro y la periferia, pero que resulta de muy compleja planificación en las actuales circunstancias. Sin una reducción efectiva del número de vehículos a motor que acceden a la ciudad, pese a la implantación de una zona de bajas emisiones que debería ser parte de la solución, pero que Cort ha convertido en un chiste que solo deja fuera al Carro triomfal de la Beata. Sin una red de carriles bici bien planificad, sin continuas interrupciones. Y sin una presión efectiva sobre los patinetes que los obligue a cumplir las normas de circulación bajo pena de multa, como a cualquier otro vehículo.

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