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Opinión

Seamos honestos

Aunque parezca mentira y ahora que cualquiera es tan famoso en su casa a la hora de comer… lo que realmente amarga la vida a cierta intelectualidad es la ausencia de coherencia política. El paralelismo entre lo que dicen ciertos personajes y lo que ladran algunos medios ya es de escándalo al ser revestido todo por los voceros de turno que han secundado o forman parte de ese firmamento clientelar subvencionado. Ciertos artistas o personajes culturales (¿o… cultuales?) van cada día más en dirección opuesta a la más relevante de todas las búsquedas: la belleza. El cutrerío y lo vulgar, lo ordinario y lo grosero, en masculino o en femenino, tanto da, sigue subiendo posiciones en el predominio de un ya inaguantable espacio común. Si el hombre más sencillo no es capaz de entender el arte, asistimos a la corrupción del arte decía Tolstoi. El artista ya no busca la belleza, tiene suficiente con la notoriedad y el número de likes que irá recibiendo, puede dormir tranquilo. Ese imperdonable abandono va paralelo a un lenguaje político que, cómo no, va entrando, ya hace tiempo, en los hogares. Ciertos modelos de sociedad retrógrados y absolutistas van cogiendo la hegemonía en la calle mientras la aparente sociedad avanzada cae vertiginosamente en picado sometiéndose a la dictadura de lo soez. Aquellas y aquellos que buscan en la cultura, en la empatía del saber y de profundizar en lo desconocido, la belleza que hay en lo profundamente ecléctico de la contradicción van perdiendo toda relevancia en nuestras sociedades y esto viene forzado por un pensamiento único que sigue afectando a todos los sectores y registros, incluido el cultural. La palabra belleza era genial para hacer funcionar determinados mercados y por ejemplo llegar a llenar los comedores privados o las salas de estar de obras de arte compradas directamente a los artistas, como se hacía hace unas décadas. La palabra realidad fue cogiendo mucha más fuerza con el maldito apéndice de virtual. Hoy cualquier pelacañas es capaz de llenar unos minutos en la red sin el menor reparo impostando, fusilando un contenido o directamente destrozando el sentido real de un pensamiento o de una reflexión. La expansión de la morralla argumental es imparable, la navegación por las redes ha derivado en toneladas de basura espacial, el cultivo de la belleza anda en vertiginoso retroceso y basta asomarse a cualquier calle. Metafóricamente, hemos pasado en pocos años del retrato en blanco y negro de una joven Inés Sastre (por el señor Garcia-Alix) a tener que ser condescendientes, agradables y por exigencia incluso cariñosos con cualquier bodorrio que nos echen a la cara para evitar ser insultados y calumniados. Esos posibles moradores de los baretos de nuestra imaginación, esa Guerra de las galaxias cultural y de género tan particular de nuestra memoria colectiva integrada en la antigua sociedad pop asimila ya como una obligación adquirida lo nefasto y sigue produciendo sin parar un efecto pendular y consecuente de polarización inducida. Nos han rizado el rizo todavía más por muy púbico que fuere. Por hacer pasar por bueno o por bello al petardo o petarda de turno. Parece que no se pueda ser demócrata, de izquierdas o antifascista y a la vez tener algo de buen gusto.

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