Opinión | Escrito sin red
Sobre el orden
Los acontecimientos de estos últimos días ofrecen un perfil inquietante; tanto por su profusión como por su gravedad. Repasémoslos. El inicio del juicio contra el fiscal general del Estado por el presunto delito de vulneración de secretos; los gritos de asesino y rata cobarde contra Mazón en el funeral de Estado del jueves pasado; el proceso contra la trama de las mascarillas personificado en Ábalos, Koldo y Aldama; la caótica presencia de Sánchez en el Senado, donde alternaron el cinismo del «no me consta» y el desprecio del compareciente, con el tumultuoso guirigay de la oposición en la comisión de investigación; que el PSOE presente como candidato a presidir Extremadura a un candidato procesado por la justicia; que el sectarismo progresista se abstenga de condenar la kale borroka de Pamplona contra un periodista de El Español en la universidad. Rezuman desorden.
El orden tiene sus orígenes en la propia naturaleza. A los humanos nos caracteriza la propensión al orden. A unos más, a otros menos. Su exceso degenera en obsesión y en trastorno mental. Nos gustan las simetrías de la naturaleza y nos incomodan sus ausencias. Las simetrías evocan el equilibrio y la armonía tanto en la naturaleza como en la sociedad, donde valoramos la concordia, la paz y el orden. Son los elementos que, conjugados con el orden y la fascinación por los números, conducen a disciplinas como la arquitectura, la ingeniería o la ciencia en general, como la serie de Fibonacci que describe la reproducción de los conejos y el número de pétalos de una flor; o los números primos que rigen el ciclo vital de las cigarras y la codificación de la seguridad en Internet. Tal parece como si una discordancia o un desequilibrio en la naturaleza, como un cuadro torcido, nos impeliera a su corrección, como si generara una tensión que debiera ser resuelta, como si nos exigiera paz, orden, estado de mínima energía, de mayor entropía. Sobre la corrección ha edificado Thomas Bernhard toda su obra literaria. Es esa propensión al orden lo que nos desarma ante la presencia de la belleza, esta hipóstasis de simetría y armonía permeada por el aroma de lo divino. Por el contrario, fíjense en los movimientos descoordinados de la figura del fiscal general. Es un hombre que se mueve tropezando consigo mismo, la cabeza ajena al cuerpo, la mirada huidiza, los hombros levantados de vampiro togado, la inclinación perruna ante Sánchez, desafiante ante el Tribunal Supremo, todo discordancia, resentimiento, desorden.
Siempre me ha parecido que la famosa sentencia de Goethe, «prefiero la injusticia al desorden» adolecía de escasa consistencia. Porque qué orden cabe esperar cuando no hay justicia. Al revés, siempre he creído que el orden social es fruto de la justicia, el dar a cada uno lo que es suyo. Es ahí donde nos encontramos con el dilema de definir en qué consiste lo que es propio de cada uno. Y la humanidad se ha dividido: si lo propio del humano es la libertad o la igualdad. Nos iguala la condición humana, nos diferencia nuestra condición de individuos únicos. Una opción son los estados liberales, en los que prima la libertad individual, otra los estados totalitarios en los que prima la igualdad. Ni en uno ni en el otro se pueden conjugar ambos valores de forma simultánea, es la imposibilidad de lo perfecto, lo que Kant llama el fuste torcido de la humanidad. La convicción liberal descansa en la idea de que, si somos diferentes unos de otros, para permitir el desarrollo de las diferentes potencialidades humanas, el objetivo debe ser conseguir un estado que defienda de forma prioritaria las libertades individuales. Pero un estado que se centre exclusivamente en las libertades económicas y descuide las necesidades de vida digna para el conjunto de la población incurrirá en la creación de un estado de injusticia y, por tanto, de desorden, que se resolverá en contra del principio de libertad que pregona. La libertad sólo puede existir si la precede el orden. El objetivo del estado es garantizar el orden que posibilita la libertad. El orden exige justicia, exige vida digna para todos, que las diferencias no sean agraviantes, que la diferencia entre los que piensan de una manera y los que piensan de otra no sean abismales. Y para ello se requiere que la sociedad gire en torno a unos objetivos comunes para una mayoría de la población. Establecer el orden y la libertad requiere amplios consensos, que la ideología no pueda imponerse ni a la biología ni a la realidad. La propaganda sectaria es el combustible para la división, el desorden y la pérdida de la libertad.
Analicemos la voluntad de Sánchez de edificar un muro entre las fuerzas que él dice encabezar, las progresistas y las que se encuadran en la derecha y la ultraderecha, las reaccionarias y fascistas, como él las califica. Vaya por delante la tremenda mistificación de calificar como progresistas a fuerzas reaccionarias y xenófobas como Junts o PNV. O de hacerlo llamando así a fuerzas extremistas como EH Bildu, de los herederos de ETA que, en ningún momento han condenado su terrorismo. Hasta ahora justificaba la legitimidad de su Gobierno en el famoso «somos más» en disponer de una mayoría parlamentaria, destituyente, pero mayoría; ahora, tras la ruptura de Junts y Podemos, da cumplimiento a su voluntad de gobernar sin el Parlamento, es decir, sin legitimidad democrática, como un autócrata pariente de Maduro, indefensos nosotros ante una Constitución tan defectuosa que no puede impedirlo. Crear un muro es imposibilitar la comunicación y el entendimiento entre la derecha y la izquierda. Es imposibilitar el acuerdo para delimitar objetivos comunes que gocen del apoyo de una mayoría significativa de la sociedad. Es tanto como afirmar que ya no existen los intereses generales; que lo que se pretende es la imposición de una ideología de una parte de la sociedad, en realidad de una ideología de un partido, sobre la de otra parte de la sociedad y de otro partido. En fin, el objetivo del muro es el estado de división, de guerra entre una parte de la sociedad y la otra, es la institucionalización del desorden. Y todo ello significa la dictadura de una parte sobre la otra, la pérdida de las libertades. Este es el escenario que propone Sánchez. El genio del PSOE ya estaba ahí en 1978. González lo encerró en una botella. Zapatero la abrió. Sánchez se la ha tragado entera.
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