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Opinión

La obsesión de Mazón por Vilaplana

Intimidad, control y delito en la era digital

Mazón, el día de su dimisión.

Mazón, el día de su dimisión. / Francisco Calabuig

El 29 de octubre del año pasado, Carlos Mazón estaba obsesionado por su almuerzo con Maribel Vilaplana, y no iba a permitir que una estúpida tormenta alterara un encuentro alrededor del cual pivotaba su jornada. O quizá su vida entera, porque pensaba ofrecer cargos, incienso y mirra a su comensal. El presidente valenciano se sintió aquel martes Julio César a punto de afrontar la cólera del Adriático, gritándole al barquero aterrorizado que «no temas nada, transportas a César y a su buena suerte». El resto es historia.

Fue una cuestión de suerte, en el sentido clásico de apostar contra el destino implacable. Conviene adquirir perspectiva desde las páginas del Financial Times, que tituló «Líder regional español dimite por un largo almuerzo durante las inundaciones», con impecable flema británica pese a que ahora es japonés. Una situación inconveniente puede derivar en una tragedia, pero hace falta valor para entregarse a la gastronomía con los datos disponibles al principio de la comida del 29O. Como mínimo, a Mazón debió temblarle la servilleta al desplegarla sobre su pecho.

Vilaplana fue la persona más próxima a Mazón el día de la mayor tragedia de la historia de Valencia. Tras sus reticencias iniciales, hasta la jueza confirma la relevancia de la obsesión del presidente de la Generalitat. Llama a declarar al propietario del restaurante y reclama el tique del aparcamiento, con lo que estrecha el cerco en torno al político del PP. Resulta llamativo y casi escandaloso lo poco que se sabe de las andanzas del «líder regional español», en el día más radiografiado de su carrera. En su despedida a medias, el afectado tildó de «machismo» el interés incluso judicial por desentrañar su agenda compartida con la periodista, mientras morían 229 personas. Cuatro horas de almuerzo, un paseo por la ciudad, casi una hora misteriosamente en blanco, un cambio de indumentaria y un tráfico de llamadas nocturnas. ¿En qué momento puede empezarse a hablar de intimidad?

Vilaplana apareció en los gritos enfurecidos de los familiares durante el funeral de Estado de la semana pasada, bajo el formato de «la periodista». También fue increpada a la puerta de los juzgados de Catarroja, del todo injustamente y aunque fuera de parte del hijo que había perdido a su madre en el fango. No tiene la obligación de explicarse en público, pero ha ofrecido voluntariamente tantas versiones contradictorias de su día junto a Mazón como el político señalado. Estas discordancias sorprenden especialmente en una autoproclamada especialista en comunicación, que impartió un máster sobre su especialidad en el Ventorro.

Vilaplana se considera víctima, si no directamente mártir de los errores de Mazón. Se discutirá si cualquier adulto sentado junto a un irresponsable está obligado cuando menos a advertirle de las consecuencias de su desvarío. La única evidencia es que el presidente valenciano tenía que comer con «la periodista», aunque se derrumbara el mundo a su alrededor. De ahí que en la mañana del 29O se erigiera en Sumo Meteorólogo, para relativizar el impacto de la dana.

A mediodía de la jornada aciaga, Mazón abrió las aguas como Moisés, para desterrarlas de Valencia y encauzarlas hacia Cuenca. Diluyó la tensión ambiental, al bromear en un ejercicio de humor negro sobre un rebaño de cabras muertas (sic). Su única realidad era el almuerzo con Vilaplana, esa absorción justifica incluso la confusión horaria. El 29O se le pasó volando, aunque no por las razones que justifican su alto cargo. A la periodista no le alcanza culpa alguna pero, al vincularse al político en contra de sus preceptos de comunicadora, se ahoga junto al presidente. Su excelencia en la gestión de crisis queda en entredicho.

La apasionada construcción de Mazón se ha derrumbado en un vodevil. Se dejó guiar por su obsesión, y en el proceso desatendió a la población que estaba obligado a proteger. La sabiduría popular no yerra, al conceder mayor importancia al Ventorro que al Cecopi. El gobernante no solo quedaba encadenado a un restaurante en medio de una catástrofe sin precedentes. Su célebre dictamen burocrático, de que no jugaba ningún papel oficial en la gestión de la emergencia, tiene lugar cuando no podía pronunciarse de otra manera sin autoincriminarse. La respuesta hubiera sido diferente, si al principio de su mandato se le hubiera preguntado en tono neutro:

-¿Se compromete a volcarse en la emergencia desde el primer momento, si un cataclismo se abate sobre su comunidad?

-, salvo que ese día tenga una comida insoslayable.

Mazón vive la peripecia de un hombre corriente acostumbrado a que las cosas le salgan mal, y que el 29O creía que había cambiado su racha. Desde entonces se convierte en un Sísifo inverso, que no asciende infinitamente la ladera cargado con la piedra, sino que se precipita durante un año largo y sin freno hacia el abismo. Encadena coartadas irracionales para disculpar su obsesión, con lo que se agrava la parálisis de un Feijóo obligado actuar con racionalidad en la distancia. Siempre desde la premisa de que sería más fácil entender a Vinicius que a Mazón, lo cual no exime de la obligación de intentarlo.

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