Opinión | La suerte de besar
El gran negocio a costa del cromosoma XX

El gran negocio a costa del cromosoma XX / Ingimage
Es decir, a costa de las mujeres. Vaya por adelantado que soy un perfil fácil y que me resisto poco a la publicidad y a las campañas de marketing. Si algo me entra por el ojito derecho, y reconozco que muchas cosas me entran por ese ojito, sucumbo. Ahora, por alguna razón que tiene que ver con una mayor contención y responsabilidad económica, soy más consciente de ello. Nuestro género es jugoso y somos un terreno atractivo para marcas y servicios innumerables. Lo veo en el entorno adolescente de mi hija, en el que eres un bicho raro si no te compras un iluminador, una base, un fijador de maquillaje, un colorete, un rímel milagroso y varios pinceles específicos para las distintas zonas de la cara. Las chicas jóvenes abordan su faz como Gauguin debía abordar un lienzo en blanco. No hago más que repetir que nunca estarán tan guapas como hoy, pero ellas se ponen una diadema especial y hacen oídos sordos a mis consejos de mujer madura. La madurez, oh là là. Ese sí es el gran nicho de mercado. Si esa madurez es femenina, las marcas se frotan las manos y si las mujeres estamos en la peri, durante o en la post menopausia, entonces, bienvenidos al paraíso.
Mi abuela jamás habló de su climaterio y creo que nunca vi a mi madre abanicarse o quejarse de algún síntoma asociado. Estoy segura de que sufrieron de insomnio, niebla mental, cambios en las formas de su cuerpo y muchísimas cosas más, pero intuyo que consideraron que nada de eso eran asuntos que pudiesen llegar a interesarle a alguien. Afortunadamente, hemos superado esa fase y las mujeres que vivimos esa nueva etapa de la vida hemos salido del armario y no escondemos cómo nos sentimos o cómo abordamos esta evolución natural. Un alivio, pero, como todo en esta vida, en el justo medio está la virtud y, opinión personal, la cosa se nos ha ido un poco de madre. Las mujeres en la menopausia somos, a día de hoy, un gran negocio.
Vivo con angustia despertarme una mañana y no tener un suplemento vitamínico que llevarme a la boca. Una señora me miró raro cuando supo que no había sucumbido a la ashwaganda y me dedicó un suspiro de alivio cuando le aseguré que lo había sustituido por la rhodiola. Me voy a estampar una camiseta con la frase «¡No sin mis adaptógenos!». Hay que tomar, sí o sí, plantas y raíces que nos ayuden a lidiar con el estrés, la ansiedad, la baja libido, el tedio vital y los trastornos del sueño. No somos nadie si no tomamos Omega 3, vitamina D, espino amarillo, probióticos o cúrcuma. Es imprescindible someterse a una dieta de choque contra la inflamación que sufrimos todas las féminas de estrógeno débil y, si no hay contraindicaciones, la soja es nuestra aliada para combatir sofocos y reforzar los huesos. Hay que hacer ejercicios de fuerza tres veces a la semana para combatir la osteopenia, cardio otros tres para proteger nuestro corazón y una sesión de yoga nunca está de más. El objetivo es ser mujeres cincuentonas con cuerpos, estética y ánimos de veinteañeras. Y eso, pese a lo imposible y a la tortura antinatural que todo ello conlleva, lo saben todas las marcas.
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