Opinión | En aquel tiempo
Aceptar las consecuencias
Cuando uno hace lo que hace, lo hace como persona individual pero también como miembro de un colectivo concreto
Desde siempre, la relación entre los individuos y los colectivos en donde se encuadran ha ocasionado momentos de tensión y hasta de graves crisis personales. Y desde siempre también, esos colectivos han sido capaces o incapaces de aprovechar tales situaciones para crecer en transparencia y agilizar su conducta social. De tal manera que eso que llamamos Historia crece hacia adelante, sin poder evitarlo, mediante estos impulsos colectivos… siempre formados por individuos concretos. Cada vez más, y a la vez que aumente un individualismo inhumano, los ciudadanos nos las vemos como de la noche a la mañana, con problemas correspondientes a los colectivos a los que pertenecemos. Y esto sin poder evitarlo. A no ser que doblemos la cabeza, importantes ante la presión colectivizante en la que nos movemos, a veces libremente y en otras de manera arbitraria.
Es evidente que un colectivo es algo más que quienes lo forman en un momento dado: eso que llamamos carismas, trabajos, dedicaciones, delineados en normas institucionales del colectivo en cuestión. Y sin embargo, desde que existen los medios de comunicación modernos, colectivos e individuos tienen que cargar con las consecuencias sociales de sus acciones, de manera que tales acciones son las que trazan un dibujo sociológico de su ser y estar en la sociedad. En ocasiones, ese dibujo puede ser inexacto por deficiencias en la transmisión de la información, pero la opinión pública depende casi en su totalidad de la imagen trasladada a la ciudadanía de esas actuaciones individuales o colectivas. Las cosas son como son y tal vez no sea absolutamente negativa esta situación. Tal vez no.
Con todo esto a las espaldas, quien es miembro de un colectivo tendrá que responsabilizarse de las opiniones y decisiones del grupo al que pertenece, sin valer excusas coyunturales o ambientales. Lo que los seres humanos hacemos es lo que los demás tienen derecho a conocer y opinar como guste o disguste. Y si nos duele, puede ser que las distintas transmisiones de la verdad estén aquejadas de algún tipo de oscuridad. Que será necesario eliminar con la única forma eficaz: la verdad, por costosa que resulte. Dicho con el título de estas líneas, aceptando las consecuencias de nuestras obras, sin dejarse ofuscar por excusas oportunistas. Cuando uno hace lo que hace, lo hace como persona individual pero también como miembro de un colectivo concreto. Y en este segundo caso, el colectivo deberá asumir lo hecho por uno de sus miembros. Sin escapatoria. Otra cosa es que las explicaciones no sean necesariamente suicidas. Está claro.
Esto vale para los colectivos civiles y colectivos religiosos. Las consecuencias de un individuo llamado Trump nos permiten juzgarle con bastante precisión como prepotente y presuntuoso, de la misma manera que sucede con su homólogo ruso, ese Putin totalitario y en absoluto transparente. Pero lo que hacen ellos dos resulta aplicable a sus instituciones, que en gran parte dependen de ellos. Esta situación se produce siempre que un colectivo es víctima de totalitarismos de cualquier tipo, y entonces solamente queda una rebelión a favor de la verdad institucional. De la misma forma que todas las autoridades religiosas deben de ser juzgadas por sus actos, y reconocer el daño que pueden provocar en el cuerpo que presiden. Que puede ser máximo o bien mínimo. Pero en absoluto, meter la cabeza bajo la arena, y entonces ser responsables de un daño incalculable individual y colectivamente. En absoluto.
España, en concreto, vive momentos en que «lo hecho» comienza a «ser sabido», y entonces la reacción de los protagonistas no es perderse en justificaciones sin fundamento, antes bien se hace urgente dar la cara, aceptar las penas judiciales, sabiendo que los actos individuales se integran en su correspondiente colectivo, que podrá refutarlos pero nunca negarlos o dar explicaciones mendaces. En una palabra, la relación entre individuos e instituciones podrá ser muy dolorosa, pero la transparencia y la verdad son consecuencias necesarias para enfrentarse a la exigida realidad de personas y acontecimientos. Otra cosa será signo de optar por la mentira, y en consecuencia oscurecer el entramado social.
Quizás en un proceso electoral próximo, nos sea posible proceder con este estilo, dejando de lado el permanente pecado de no aceptar las consecuencias de cuanto hacemos y somos. Como personas y como colectividades. Lo que ya no vale son excusas ingenuas de tanta perversidad. Hacen mucho daño.
Suscríbete para seguir leyendo
- Nabil Kasasni, encargado de una tienda de recambios: 'Las balizas V16 de calidad sí deben conectarse a la aplicación de la DGT, desconfiad de las baratas
- Jon Kortajarena causa sensación en Alaró: el modelo vasco se deja ver en el mercadillo navideño
- Amenazado el edificio del horno más antiguo conservado en el Coll d’en Rabassa
- Una planta tóxica e invasora amenaza la potabilidad del agua del Gorg Blau
- Guillem Coll, dos décadas de chófer de presidentes del Consell de Mallorca: «Lo que pasa dentro del coche oficial, se queda en el coche oficial. Incluso aunque no quieras, a veces escuchas cosas"
- Adiós a la zona verde junto al edificio de Gesa
- Joan Bibiloni: «Me parece patético que se vendan entradas para un concierto dentro de un año y medio y encima se agoten»
- El primer paciente con glioblastoma de Baleares que logra acceder a un innovador tratamiento: «Quiero romper las estadísticas y vivir muchos años con esta terapia»
