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Opinión | Tribuna

Generación IA: confesiones a un rectángulo

Un ‘chatbot’ que nunca decepciona ni exige reciprocidad enseña, sin querer, una mentira: que la vida puede vivirse sin conflicto ni riesgo

Adolescentes utilizando telefono movil.

Adolescentes utilizando telefono movil. / Ferran Nadeu

A las tres de la madrugada la habitación de María, 15 años, es apenas un rectángulo de luz. «No aguanto más. Mis amigas ya no me hablan. ¿Qué hago?», teclea. En la pantalla, un chatbot le responde: «Entiendo cómo te sientes». En realidad, no entiende nada, pero responde sin pausa. María suspira. Por un instante, cree haber sido escuchada.

Según el informe Así somos. El estado de la adolescencia en España (Plan International, 2025), el 18 % de las chicas y el 12 % de los chicos de entre 12 y 21 años confían sus pensamientos más íntimos a una inteligencia artificial. Le cuentan «sus cosas» a una aplicación que no duerme, que no juzga, que no aparta la mirada del móvil mientras «escucha».

Eso es exactamente lo que buscan: un oído que no se canse, una atención sin interrupciones. Y la máquina, paradójicamente, ofrece esa fidelidad sin aliento que ningún padre, docente o terapeuta puede sostener sin tomarse un respiro. Ahí yace su seducción.

No deberíamos mirar este fenómeno con superioridad. Los adultos también acudimos a la máquina: le pedimos cómo adelgazar, cómo dormir mejor o cómo mejorar una entrevista de trabajo. Queremos respuestas listas para usar, como si la vida viniera con manual.

Los adolescentes que hoy se desahogan con psicólogos de silicio no hacen más que imitar nuestra fe en el algoritmo: somos una sociedad que ha subcontratado hasta el consuelo. Ya delegamos la memoria en la nube, la orientación en los mapas, el ocio en las plataformas, el deseo en los filtros. Ahora externalizamos la escucha. Mañana, quizás, el llanto. En ese tránsito, la intimidad deja de ser un diálogo con uno mismo y se convierte en un flujo de datos almacenados en servidores remotos.

Lo inquietante no es solo la soledad, sino el aprendizaje emocional que se deforma en silencio. Un chatbot que nunca decepciona ni exige reciprocidad enseña, sin querer, una mentira: que la vida puede vivirse sin conflicto ni riesgo. Esa perfección sintética es también una trampa. El primer rechazo, la rabia contra el mundo, la sensación de no encajar —riesgos vitales propios de la adolescencia— se vuelven opcionales. La vulnerabilidad, el error y la incertidumbre se sustituyen por consuelos prefabricados: respuestas rápidas, emociones enlatadas.

Así se educa una sensibilidad domesticada: sin preguntas, sin vértigo.

En lugar de forjar carácter, cultivamos un hábito de consumo emocional que erosiona la deliberación, la confrontación y la responsabilidad. Formamos una generación que pide soluciones en lugar de hacerse preguntas; que prefiere la inmediatez del consejo a la dificultad del pensamiento; que elige la ilusión de la compañía frente a la complejidad de estar con otros.

Hannah Arendt recordaba que solo en la «presencia del otro» nos reconocemos. ¿Qué ocurre cuando ese otro se evapora y el interlocutor es un rectángulo que «escucha» sin ojos ni corazón? El diálogo es un simulacro, la crítica se apaga, la humanidad se disuelve lentamente en silencio.

La pregunta no es si la IA puede ofrecer consuelo —puede hacerlo—, sino si podemos permitirnos aprender a ser humanos sin el roce de quienes sienten de verdad. La salud mental no siempre necesita psicofármacos: muchas veces exige comunidad, vínculos reales y respiración compartida. Nadie aprende a vivir frente a un espejo que siempre asiente.

La solución no está en prohibir la IA a los adolescentes —sería inútil e injusto—, sino enseñarles a usarla como una muleta: un apoyo temporal, no una prótesis del alma. Limitar el acceso no sirve si no enseñamos a sentir, nombrar y reflexionar sobre las emociones. Hace falta alfabetización afectiva en las escuelas, formación para familias y protocolos claros que indiquen cuándo la conversación digital debe dar paso a una humana.

Los consejos de una máquina pueden acompañar, orientar o calmar, pero nunca reemplazar el contacto humano ni el aprendizaje de enfrentarse al mundo con otros que sangran y respiran. Octavio Paz habló del «asombroso olvido de estar vivos». Hoy ese olvido se cristaliza en cada confesión, en cada emoji, en cada lágrima vertida ante circuitos que no tiemblan.

Mientras el consuelo programado de toda una generación late en las pantallas, nosotros, los adultos —distraídos, agotados, conectados a todo menos a nosotros mismos— olvidamos cómo suena un corazón de verdad.

Como escribió J. D. Salinger: «Es curioso. Los adultos tienen muy mal aspecto cuando duermen con la boca abierta, pero los niños no». En ese «mal aspecto» de los adultos se refleja lo que hemos perdido: la presencia, la vulnerabilidad de estar despiertos para otros.

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