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Opinión | Tribuna

La inteligencia que la IA aún no entiende

Últimamente parece que todo pasa por la inteligencia artificial

Inteligencia artificial.

Inteligencia artificial. / Shutterstock

Dicen que transformará el mundo, que sustituirá empleos, que hará que todo funcione mejor, más rápido, más barato. Lo mismo dijeron de Internet, del euro y de los centros comerciales. Y, sin embargo, aquí seguimos, con nuestras tiendas de barrio, nuestras ferreterías, joyerías, panaderías y mercerías, intentando sobrevivir en un mundo que promete automatizarlo todo… menos el alma.

Me asombra ver las cifras que se mueven. Las grandes tecnológicas han gastado cientos de miles de millones de dólares en construir centros de datos y en comprar chips para alimentar esta nueva burbuja digital. Las noticias se llenan de titulares que anuncian revoluciones y despidos, algoritmos que escribirán mejor que nosotros y máquinas que supuestamente aprenderán a sentir. Pero, entre tanto ruido, hay algo que sigue perteneciendo solo al ser humano, la capacidad de pensar de manera transversal.

La inteligencia artificial es impresionante, sí, pero no puede conectar una mirada con un recuerdo, ni unir la lógica con la emoción, ni entender por qué alguien se detiene ante un escaparate de perlas, aunque no necesite comprarlas. No puede leer la nostalgia en un gesto ni reconocer el temblor de una voz cuando alguien dice «gracias» de verdad.

La IA calcula, predice y repite patrones. Nosotros intuimos, improvisamos, mezclamos ideas, sentimos y relacionamos cosas que parecen no tener nada que ver. Ese tipo de pensamiento, el que une lo racional con lo invisible, lo técnico con lo emocional, es el que da lugar a lo que llamamos pensamiento transversal. Y es precisamente eso lo que convierte un comercio en un lugar vivo, y no en una simple transacción.

En Mallorca, donde cada tienda tiene historia y cada cliente un nombre, el tejido económico no se sostiene con datos, sino con vínculos. Lo que mantiene la economía local no son los algoritmos, sino las personas, la dependienta que reconoce al turista de cada verano, el joyero que aconseja con paciencia, el panadero que cambia el horario para atender a la escuela de la esquina. Esas pequeñas decisiones, esos gestos cotidianos, son el alma invisible que sostiene nuestras calles.

Eso no lo puede programar ningún modelo de lenguaje. Ninguna máquina puede reproducir el olor del pan recién hecho o la conversación improvisada entre dos vecinas que se cruzan en la tienda. Ningún software puede entender el valor simbólico de una joya heredada, ni el cariño que se esconde tras un envoltorio bien hecho.

No se trata de ir contra la tecnología. Al contrario. La IA puede ser una herramienta maravillosa si se usa con sentido común, si nos ayuda a entender mejor a nuestros clientes, a simplificar tareas, a ahorrar tiempo o a llegar más lejos. Pero el riesgo está en dejar que reemplace aquello que nos hace únicos. Porque lo que no debemos perder es la inteligencia emocional, la empatía, la creatividad cruzada y la intuición humana.

Todo eso que no se enseña en los manuales, pero que sostiene una comunidad. Lo que da sentido al comercio, a la cultura, al trabajo y a la vida compartida.

Y mientras haya alguien que mire, escuche y piense más allá de los datos, todavía habrá esperanza para nuestro comercio, para nuestras plazas y para la forma más humana de hacer economía.

Porque, al final, la inteligencia artificial puede procesar millones de variables, pero todavía no ha aprendido a mirar a los ojos.

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