Opinión
La ciudad sin quioscos

Los quioscos de prensa de Palma cerraron el 1 de octubre. / Guillem Bosch
Los quioscos de estética modernista o kioscos, no sólo ilustraron el mundo de nuestros abuelos, sino que fueron nuestra primera ventana al mundo: a sus imágenes, a sus lenguas, a sus noticias. Después llegó la estética años 60, pero su función no cambió. Mirando las publicaciones de un quiosco, colgadas con pinzas de madera en ligeros armazones y más abajo montones de papel apilado en el suelo, nos sabíamos más ricos y nos sabíamos menos solos. Había un mundo que nos esperaba ahí fuera y cuando he escrito la palabra ‘lenguas’ he vuelto a ser consciente de la gran suerte que tuvimos los mallorquines del pasado siglo –hablo en comparación a otras zonas de España– de saber de la riqueza de lenguas a través de la variedad de periódicos extranjeros que lucían ante nuestros ojos cuando paseábamos con nuestros padres por el Born o por la Rambla. Había un mundo que esperaba ahí fuera y nosotros participábamos en él, como participábamos en las expediciones de las novelas de Julio Verne. De The Times al París-Match o la letra gótica de las cabeceras alemanas. El quiosco era una embajada o tantas embajadas como las que aparecían en la película 55 días en Pekín. Por no hablar de la magia de sus sobres de cromos o de sus enseñanzas –ciencias naturales, historia, guerras mundiales…– vía fascículos, siempre asociados a la vida de la ciudad, a uno de sus rostros. O sea que una ciudad era más ciudad en función de sus quioscos o del número de ellos. Lo que nos lleva a la conclusión de que una ciudad sin quioscos no es, exactamente, una ciudad y deberíamos empezar a pensar en algo así como la no-ciudad.
Acudiré a varios ejemplos: una ciudad sin quioscos es una no-ciudad. Como Palma ahora, que ha perdido los quioscos. Una ciudad sin conocidos en las calles es una no-ciudad. Una ciudad sin aparcamientos –y yo no conduzco– es una no-ciudad. Una ciudad sin comercios permanentes es una no-ciudad (los de ahora son efímeros y volátiles y apenas ninguno de los que caracterizaban a Palma, existe ya). Una ciudad sin taxis libres en verano es una no-ciudad. Una ciudad con barrios para los que más tienen, pero sin la vida que caracterizaba a esos barrios antes, es una no-ciudad y es un gueto momificado. Una ciudad sin pisos asequibles más que donde la ciudad pierde su nombre es una no-ciudad. Y aquí empieza el espejismo: ¿vivimos en una ciudad o creemos que vivimos en ella?
Como Hernández y Fernández, yo aún diría más: ¿vivimos la ciudad o vivimos un escenario donde se programan (perdón por lo de programar) actos urbanos –ahora las llaman experiencias– para conocer lo que nuestra propia iniciativa ha sido incapaz de conocer y creernos que ese escenario es la verdadera vida? Porque ahora, en tiempos de contaminación lumínica –creo que es así como se le bautiza– a vivir bajo las estrellas, como se hizo durante la noche toda la vida, se le llama ‘experiencia starligth’. A comer con productos locales se le llama ‘una experiencia sensorial’ (por no comentar estúpidos eufemismos como ‘kilómetro cero’ o ‘comercio de proximidad’ o ‘comida de mercado’). A visitar la catedral, ‘una experiencia cultural’. Y no hablaremos de ‘la experiencia religiosa’ y suma y sigue. Todo es, en la actualidad, una experiencia. Programada, por supuesto, sazonada por la ignorancia y rentable económicamente para alguien. Todo como borregos, en grupo, sin iniciativa íntima o personal que son las que hacen que un individuo lo sea, sujetos pasivos ahora de vendedores de crecepelo y charlatanes de feria.
Hace muchos, muchos años, el periodista Antonio Alemany Dezcallar habló de la evolución de la isla como una gran área metropolitana –recuerdo que citaba Hong-Kong, menudo agobio– en la que Palma y los pueblos serían sus distintos barrios; las carreteras, sus calles; y el campo –o lo que fuera quedando de él–, el equivalente a jardines y zonas ajardinadas. El mar sería una sucesión de puertos deportivos o de recreo. Bien, pues si no estamos ya, nos encontramos muy cerca. Lo que no sé si llegó a imaginar –como periodista, digo– es una ciudad sin quioscos. Y es que nada que no esté en una pantalla, acaba existiendo: del monolito de 2001, una odisea en el espacio a las cuentas de vidrio de los conquistadores en América: éste es el bucle ahora. Donde vivimos, digo.
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