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Opinión | Tribuna

Moldavia, entre el recuerdo y el futuro

Hace ya «un parell d’anys» (mallorquines), cuando estudiaba en Italia, fui voluntario en una ONG de estudiantes universitarios. Dábamos clases de apoyo a niños y niñas inmigrantes recién llegados, y durante tres meses fui tutor de un niño moldavo de diez años. No lo tenía fácil: aprender una lengua nueva, adaptarse a un entorno desconocido y, al mismo tiempo, no perder sus raíces. Aún hoy recuerdo su rostro concentrado sobre los cuadernos y aquel esfuerzo obstinado por no quedarse atrás.

Hace unas semanas he vuelto a cruzarme con Moldavia, pero de un modo muy distinto: como observador internacional en las elecciones parlamentarias. Una experiencia intensa y reveladora en un país atrapado entre dos almas: la que mira hacia Europa y la que no quiere romper del todo sus lazos con Rusia.

En el norte, en regiones en las que estuve como Edineț u Ocnița, esa dualidad se percibe con claridad. Conviven moldavos, ucranianos y rusos, y las lenguas se mezclan en los mercados y en las plazas. También conviven las memorias: los mayores evocan con cierta nostalgia una etapa soviética que ya se fue, mientras muchos jóvenes sueñan con Europa… o simplemente emigran.

Más de un millón de moldavos residen fuera del país, lo que refleja la magnitud del éxodo que ha marcado las últimas décadas. En las recientes elecciones, varios centros de votación sufrieron ciberataques masivos, hasta 16 millones en ese día. Rusia mantiene tropas en Transnistria y no oculta su intención de influir en el tablero geopolítico. Aun así, el resultado fue claro: el partido europeísta PAS, liderado por Maia Sandu, obtuvo la mayoría absoluta. Un mensaje rotundo a Bruselas y a Moscú: Moldavia quiere Europa. Solo espero que Europa no les falle ahora.

Mientras caminaba por las calles de Edineț, entre murales medio borrados y estatuas soviéticas aún en pie, pensé en aquel niño al que ayudé hace más de una década. Hoy ya debe ser adulto. No sé si volvió a su país ni si votó, pero me gusta imaginar que sí. Que aquel esfuerzo infantil se haya transformado en el derecho más básico de cualquier ciudadano: elegir su futuro.

Y sin embargo, cada voto en Moldavia era un acto de esperanza, una afirmación serena de «yo estoy aquí». Tal vez ese sea el mensaje más valioso: que incluso los pueblos más pequeños pueden recordarnos que la democracia no se hereda, se conquista. Y que Europa, más que un mercado o una bandera, debería seguir siendo un proyecto común de paz y dignidad.

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