Opinión | Dimisión del primer ministro francés
No es Francia, es la democracia
A un mes escaso de su designación presidencial, Sébastien Lecornu descarga su dimisión en los "egos"

El primer ministro francés saliente, Sebastien Lecornu. / Associated Press/LaPresse / LAP
La ruleta de primeros ministros franceses, con gabinetes nonatos que miden su duración en horas, no demuestra la escasa idoneidad para el cargo de los nominados, sino la imposibilidad de gobernar Francia en su actual configuración. Todavía resulta más ingenuo circunscribir el drama a un solo país, que además define la fórmula dominante en Europa del gobierno de los gobernados. La democracia entera se ve acuciada por la fragilidad asentada en París. Pese al entusiasmo de ordenanza de los valedores de la tradición del voto, ya cuesta determinar si la proliferación de los autócratas está minando el sistema representativo, o si la epidemia fluye en sentido contrario. Es decir, si la inestabilidad favorece a los hombres y mujeres fuertes, por supuesto de derechas.
No es Francia, es la democracia. Basta examinar superficialmente las deudas y edades de jubilación, Bayrou habló directamente de un país al borde de la quiebra, para concluir que la crisis desemboca en la imposibilidad de mantener el sistema estatal de ayudas en su actual configuración. Todo se fastidió el día en que el concepto de red social pasó de definir las pensiones a aplicarse a Facebook. La mayoría de europeos ha encontrado un curioso sitema para solucionar el colapso, dejar de escuchar las noticias y acentuar las reivindicaciones.
A un mes escaso de su designación presidencial, Sébastien Lecornu descarga su dimisión en los "egos", lo cual solo demuestra su lejanía de la realidad. Macron traicionó a Hollande, y ha cumplido dos mandatos solo por el pánico a la extrema derecha. Nadie se ha creído la broma de su partido unipersonal. Mientras Putin y Xi suspiran por una inmortalidad ‘tout court’, que resalta paradójicamente el envenenamiento mundial provocado por los vendedores de crecepelos de Silicon Valley, sus imitadores Macron o Sánchez respetarían la mortalidad con tal de que sus cargos fueran vitalicios. Al no entender sus vidas sin el poder, aumentan la dificultad de timonear la democracia y sirven de aliciente a los nostálgicos de los gobiernos fuertes, antes llamados dictaduras.
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