Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza
And the Nobel goes to

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe el Premio Global Goalkeeper 2025, de manos del presidente de la Fundación Gates, Bill Gates, en un evento en Nueva York, el 23 de septiembre. / BORJA PUIG DE LA BELLACASA
En nada se anunciarán los premios Nobel 2025, pero la atención ya se desvía hacia los posibles candidatos de 2026. ¿El motivo? La hipotética nominación de Pedro Sánchez al Nobel de la Paz, por ser de los pocos mandatarios europeos capaces de alzar la voz ante lo obvio: exigir el fin del genocidio en Gaza a manos de Israel.
El rumor corría a la par que el mismísimo Bill Gates entregaba a nuestro presidente el Premio Global Goalkeeper 2025 que otorga la Fundación Bill y Melinda Gates cada año a líderes «por sus contribuciones extraordinarias» y su «compromiso con el progreso en su país y a nivel mundial». Reconocía así el liderazgo de Sánchez en el escenario actual de cooperación internacional. Gates destacó que bajo su mandato «España se ha convertido en uno de los países más comprometidos del mundo. Esta es la historia de un país que da un paso adelante no solo por sus ciudadanos, sino por la humanidad».
Cero coma tardó en reaccionar el principal aspirante a la jefatura del Ejecutivo, aunque de momento jefe solo de la oposición –y caray, lo que se opone–, Alberto Núñez Feijóo. Ofreció una rueda de prensa, no para congratularse por lo uno o por lo otro, sino para mofarse de que el presidente español pueda ser candidato a Nobel de la Paz «cuando no merece tener ni un acta de diputado en el Congreso».
No seré yo quien le recuerde al señor Feijóo la definición que de merecer da el diccionario: «Dicho de una persona: hacerse digna de premio o de castigo». Tampoco de la tercera acepción de digno: «Que tiene dignidad o se comporta con ella». Pero sí puede ser oportuno refrescarle un punto básico para el cargo al que aspira: son los españoles quienes, mediante sufragio universal, eligen a los diputados y senadores, de acuerdo con el artículo 68 de la Constitución. Y lo hacen, por cierto, por cuatro años.
A ver, que el que esté libre de despecho tire la primera piedra. Yo, a la tipa por la que me dejó mi ex, no le deseo ni que le agarre la funda al incisivo. Pero que nos expliquen, más allá de la patada al ego, en qué perjudicaría a España la eventualidad de que nuestro mandatario se convirtiera en una figura relevante en el –utópico, pero urgente– final de la masacre en Palestina. ¡Ojalá hubiera empujones por ser el primero en alcanzar esa meta!
Como ni a mí ni, apuesto, a él se nos ocurre un solo motivo, tendremos que apostar más a la sabiduría del refranero: «Lo que dice Juan de Pedro, dice más de Juan que de Pedro». O, en este caso, de Alberto. Ahora bien, para bajarle un poco la tensión arterial –que ya tenemos una edad–, relativicemos: Stalin, Mussolini y hasta Hitler –con más o menos sorna– fueron en su día propuestos como candidatos al Nobel de la Paz. Sí, leyó bien. Y este mismo 2025 hay quien ha postulado a Elon Musk «por su defensa de la libertad de expresión». ¡Manda huevos!
Hasta Donald Trump, por activa y por pasiva, lleva tiempo reclamando el Nobel de la Paz para colgarlo en el Despacho Oval junto a las cabezas de periodistas.
De hecho, la única condición para optar al premio es que las propuestas se envíen antes del 31 de enero del año en curso, y que provengan de miembros del comité noruego, profesores universitarios, expertos reconocidos, parlamentarios, ministros o exlaureados. En resumen: miles de personas. Solo para el Nobel de la Paz de 2024, por ejemplo, hubo 286 candidatos. Vamos, que a la lista de ‘cosas que hacer en esta vida’: «tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol» bien podríamos añadir «ser nominado a un Nobel».
Pero, señor Feijóo, que los árboles que aún no hemos plantado no nos impidan ver el bosque. Y el bosque, hoy, es Gaza. El premio se concede a quien «haya hecho el mayor o el mejor trabajo por la fraternidad entre naciones, por la abolición o disminución de ejércitos y por la celebración y promoción de congresos de paz». Aunque el galardonado sea uno, el reconocimiento trasciende y pone en valor una contribución concreta hacia la paz y los derechos humanos. Que son, no lo olvide… el premio de muchos. ¿No es eso lo que querríamos de nuestros mandatarios y para nuestros pueblos? Ojalá todos. ¡Ojalá para todos!
A saber si llegaremos a escuchar aquello de «And the Nobel goes to Pedro Sánchez». Suceda o no, entre tanto le aconsejaría a Feijóo que, tras la Constitución, estudie inglés. No vaya a ser que algún día sus sueños se cumplan y se encuentre frente a frente con Bill Gates o representando a España en la Asamblea General de la ONU. Que pueda saludar al menos, caramba.
Y en cuanto a Trump, quizá debería demandar mejor el Nobel de Medicina, por sus grandes aportaciones: desde recomendar inyectar lejía para combatir el coronavirus hasta asegurar –sin prueba alguna– que el uso de paracetamol durante el embarazo es la causa del autismo. Lo dicho: manda huevos.
«No existe un camino para la paz, la paz es el camino.» Mahatma Gandhi, nominado en cinco ocasiones al Nobel de la Paz. Nunca se lo dieron.
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