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Opinión

La deconstrucción

Y apareció Trump, tomó en sus manos la bandera norteamericana del MAGA, y comenzó, de verdad, la deconstrucción planetaria

Ilustración: La deconstrucción

Ilustración: La deconstrucción / Pablo García

Vayamos hacia el inmediato pasado. Las soluciones a la debacle del segundo conflicto mundial, permitieron que USA y Rusia emergieran como los dos polos dominantes, a la derecha y a la izquierda de un tercer polo, muy limitado, que acabó por convertirse en Europa. China era un gran interrogante, India pretendió lo que al cabo conseguiría, Japón tenía que encontrar un nuevo lugar en el mundo, América Latina se convertiría en dependiente del Norte, y África pondría los fundamentos para la descolonización, realizada de la peor forma posible. Los bloques eran los bloques, que todos respetaban, salvo algún movimiento telúrico desde las bases proletarias, sobre todo por la influencia de una URSS crecida tras colocar sus banderas en el Berlín del desquiciado Hitler. España, hasta el 1975, viviría encerrada con un solo juguete que se llamaría «franquismo» y al margen del reconstructor «Plan Marshall» que permitió el Renacimiento rápido de Europa. Un inteligente ardid de Estados Unidos para evitar que Stalin echara su zarpa sobre una sociedad en ruinas.

Se había construido un mundo, en teoría para evitar un nuevo conflicto mundial, de tal forma que el planeta quedaba en manos últimas de dos grandes poderes, de nombre USA y URSS, con secundarios aditamentos. De fondo, el progreso tecnológico, la extensión en cadena de un capitalismo omnipotente, la conciencia de que no lo estábamos haciendo del todo bien, y en fin, la aparición del Vaticano II, donde se dieron citas muchas de las grandes ambiciones de la humanidad que se interrogaba sobre el futuro. Pero, insisto, habíamos construido un «mundo ordenado», llamado a resistir un montón de años. Hasta que.

Hasta que sucedieron varias realidades inesperadas, pero definitorias. De una parte, la confrontación USA/URSS lo dominó casi todo, con progresiva victoria de Kennedy, sin olvidar el rol de Gorbachov, y las sucesivas caídas de los países dominados por el espectro soviético. De otra, China iría avanzando en su desconcertante invento: un capitalismo comunista, que acabaría por convertirla en la segunda potencia mundial, y referente adecuado para el bloque anti norteamericano. Surgirían los BRICS, en general posicionados junto al bloque antiusa, pero sin capacidad, salvo excepciones, para liderar una auténtica independencia del capital dominante. Brasil, con el retornado Lula, intentaría erigirse en referente del Cono Sur, mientras India, esa hormiga incansable y superdotada, escalaba peldaños hasta convertirse en uno de los cuatro grandes polos referenciales de futuro. Este conjunto de novedades exigieron remodelar la construcción planetaria, pero dentro de una aceptable respeto por lo establecido tras la debacle mundial. Y así vivíamos hasta que apareció un tal Donald Trump, tomó en sus manos la bandera norteamericana del MAGA, y comenzó, de verdad, la deconstrucción planetaria. Y en estas estamos. Moviéndonos como los patos cuando pierden el equilibrio.

Decir que Trump se ha escorado sencillamente hacia la derecha es un error de bulto, porque el hombre del pelo amarillo y carente de una suficiente «solidez intelectual», es una especie de «anarquista nacionalista», que lo único que desea es hacer de Norteamérica el único referente mundial, mucho más cercana a Rusia y a China que a esa Unión Europea que, sin descanso, desea golpear hasta hacerla insignificante. La deconstrucción absoluta está en marcha, y en absoluto descubrimos síntomas de oposición en el Partido Demócrata Norteamericano. Con sus aranceles. Con sus amenazas. Con la permanente humillación de Europa. Con su controvertida admiración por el estratega Putin, y un respeto evidente por la personalidad de Xi Jinping. Con esta mochila al hombro, Donald ha deconstruido lo poco que quedaba de aquel «orden mundial» heredado de un 1945 casi olvidado. Y aquí estamos. De tal manera que nadie sabe exactamente dónde está ni a quien sirve. Nuestro mundo se reinventa cada amanecer según la última jugada del «patrón del pelo amarillo». Un auténtico desbarajuste.

¿Y España? Pues qué quieren que les diga. Decir que nuestro Presidente se dedica a permanecer en el poder agitando el fantasma de la ultraderecha, pues es un argumento tan débil que, de ser verdad, mejor olvidarlo. Y es que ronda la estupidez mental y política. Lo que está claro es que este señor hace todo lo posible para desmarcarse de sus colegas europeos, del patrón yanqui, del capital mundial, mientras se aproxima a China, por su parte, y por otras pone en manos de su Vicepresidenta Yolanda las medidas sociolaborales, las únicas que obtienen éxitos objetivos. Le molesta España. Le molesta la Monarquía. Le molestan los ricos. Está harto de las minorías que le desprecian y del pueblo que le abuchea. Sí. Pero la máquina de poder levantada en torno suyo, necesita perdurar, por deconstrucción que sea necesaria llevar a cabo. En todos los órdenes. Desde la Justicia a esa inquietante UCO, que le hurga en sus zonas aparentemente ocultas, como se ha demostrado. Pero, mientras mantenga los votos mínimos de sus socios, todo seguirá igual. Pienso que, a estas alturas, ni el mismo Sánchez domina el espectáculo que ha montado. Y que le han montado. En su momento, estableció un muro entre sus adversarios y él, y puede que su muro acabe por deconstruirlo a sí mismo…

Es, pues, e insisto en ello, el momento de intentar construir en el seno de esta de construcción invasora, que solamente obedece a subterráneos poderes económicos y evidentes voluntades políticas. Y si alguien desea ser objetivamente alternativo al Gobierno que nos mantiene en vilo, lo primero que debe ofrecer es un «Plan de reconstrucción» en todos los órdenes. Desde la seriedad. Desde el trabajo. Y desde olvidarse de tanta deconstrucción, porque nada del pasado es capaz de construir el presente. Nada digamos del futuro.

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