Opinión | La caja de resonancia
El punk explicado a los votantes de 18

PP y Vox en el Parlament / Guillem Bosch
La cantinela de que Vox es «el nuevo punk» invita a abrir una pausa para la reflexión. A ver, ¿punk? Parece que la boutade funciona si te quedas solo con el esmalte que cubría aquella insurrección de 1977: una idea vaga de radicalismo, de choque contra el establishment. Aunque sea desde el flanco diametralmente opuesto. Bueno, Johnny Ramone era fan de Reagan (no así sus compañeros de Ramones) y, yendo más lejos, la imaginería nazi fue usada como provocación o recurso dramático por Sex Pistols y Joy Division. Hasta David Bowie tuvo sus devaneos totalitarios puramente estéticos (muy breves).
Pero, dado que, deslizan las encuestas, la muchachada que viene parece sentirse interpelada por ese eslogan, es pertinente recordar qué fue y qué representa el punk, una tendencia que se asentó desde sus inicios en el anti-autoritarismo y en el rechazo a las jerarquías y a los dogmas ideológicos. Los partidos de extrema derecha abanderan lo contrario, liderazgos duros y poca cintura ante las discrepancias y las minorías. El punk fue una enmienda al rock como show business y espectáculo, fomentando el hazlo tú mismo y la aparición de estructuras indie. Vox desprende cierto perfume obrerista y anti-elitista, pero es favorable a rebajar impuestos a las corporaciones, política que ya sabemos a quién más perjudica: a esos jovencitos de clases subalternas que dicen estar dispuestos a votarlos.
El desarrollo histórico del punk encarna la burbuja de tendencias que más crispan a los fans del señor Abascal: antirracismo, feminismo, derechos LGTBI, animalismo... Ha registrado ramas derechistas, sí, como una parte del movimiento skinhead y Oi!, minoritarias. Punk es The Clash, con su cancionero mestizo y contra los imperialismos, y las invectivas hardcore antidogmáticas de Dead Kennedys. Y punk es Kortatu y Negu Gorriak, grupos vasco-cantantes favorables a la independencia de Euskal Herria. Todo muy Vox, sí, ese partido que invoca los valores tradicionales a la vez que habla de abolir comunidades autónomas.
Es un logro de esa bancada haber resignificado la palabra punk a su beneficio, sí. Pero no nos escandalicemos. Más bien sería oportuno pensar qué se ha hecho mal en ciertos temas muy sensibles, en el mainstream político y en cierta izquierda que, a veces, ha lanzado al chico de 16, 17 o 18 años a los brazos de Vox: cabe preguntarse qué sentirá la criatura cuando lee en X un hilo muy serio de una famosa eurodiputada en el que sostiene que «todos los hombres son violadores en potencia».
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